El papel de las Órdenes Militares en la Guerra de Granada

 

Las grandes órdenes militares hispánicas —Santiago,
 Calatrava, Alcántara y Montesa— tuvieron una 
participación relevante en la conquista del Reino
 Nazarí de Granada, aunque en el siglo XV ya 
no eran tan independientes como 
en etapas anteriores

Aunque parezcan temas distintos, están profundamente conectados: el Reino Nazarí representa la última etapa de Al-Ándalus, las órdenes militares explican la expansión y el control cristiano, y Ciudad Real simboliza la consolidación política y urbana; en conjunto, reflejan cómo la guerra, la religión y la organización del territorio moldearon la España medieval.

Las Órdenes Militares surgieron en Europa a inicios del siglo XIII, vinculadas a las peregrinaciones a Tierra Santa y a las Cruzadas, con el objetivo de defender la fe cristiana frente al Islam, combinando funciones religiosas y militares. Las primeras fueron la Orden del Temple y la de San Juan, y posteriormente se extendieron también por la Península Ibérica.

Durante la Edad Media, la Península Ibérica fue un espacio de frontera dinámica donde convivieron, lucharon y se transformaron distintos poderes. Las órdenes militares surgieron en la Península Ibérica en el contexto de la Reconquista, cuando los reinos cristianos avanzaban sobre territorios musulmanes. En el contexto de la Reconquista, estas órdenes tuvieron un papel enorme en la frontera y en la repoblación de tierras conquistadas.

Inspiradas en modelos como la Orden del Temple, estas instituciones adaptaron ese concepto al contexto hispánico, convirtiéndose en herramientas fundamentales del poder cristiano. Las órdenes militares españolas fueron instituciones religioso-militares creadas en la Edad Media para combinar dos cosas: vida monástica y guerra. Sus miembros hacían votos religiosos (como pobreza, obediencia y castidad, al menos en teoría) y al mismo tiempo combatían, defendían territorios, protegían caminos o custodiaban fortalezas. Destacaron cuatro grandes órdenes en la Península:
  • Orden de Santiago: fundada en 1170, protegía peregrinos y combatía en la frontera sur, acumulando amplios territorios.
El Monasterio de Uclés, en la provincia de Cuenca,
es la sede histórica y la “casa madre” de la 
Orden de Santiago
  • Orden de Calatrava: fue la primera orden fundada en el Reino de Castilla por Raimundo de Fitero en el siglo XII para defender enclaves estratégicos como Calatrava la Vieja, manteniendo una estricta disciplina monástica. La Orden de Calatrava, vinculada a la regla cisterciense y dependiente desde 1187 de la abadía de Morimond, desempeñó un importante papel en la expansión de la Cristiandad durante la Reconquista. Tras la victoria cristiana en las Navas de Tolosa (1212), la Orden trasladó en 1217 su sede desde Calatrava la Vieja a Calatrava la Nueva, donde construyó su gran monasterio y fortaleza militar. Este enclave fue su convento principal durante casi 600 años, hasta su abandono definitivo en 1804.
Tras la conquista de Calatrava la Vieja en 1147 por 
Alfonso VII, los templarios devolvieron su defensa 
pocos años después, por lo que Sancho III la cedió 
al abad de Fitero, quien fundó la 
Orden de Calatrava en 1158

Tras la victoria de las Navas de Tolosa, la Orden de 
Calatrava funda el Sacro Convento y Castillo de 
Calatrava la Nueva (Aldea del Rey) que se 
convertirá en su nueva sede

  • Orden de Alcántara o Orden de San Julián: fue fundada en León, en el año 1166, siendo clave en el control del valle del Tajo y las tierras extremeñas.
  • Orden de Montesa fundada en 1317 por el rey Jaime II de  Aragón y aprobada por el Papa Juan XXII, especialmente para la defensa del Mediterráneo.
Funcionaban como una institución híbrida que combinaba características de monasterio, ejército permanente, gran terrateniente y administración local. Recibían enormes donaciones de tierras, castillos y rentas por parte de reyes y nobles a cambio de prestar servicios militares y defender el territorio, lo que con el tiempo les permitió acumular un gran poder económico y político. Su estructura interna incluía un maestre como máxima autoridad, además de caballeros, clérigos y personal administrativo y de servicio. El territorio de las órdenes se organizaba en torno a dos poderes: la encomienda (militar) y el priorato (religioso). Las encomiendas consistían en tierras y rentas otorgadas a un caballero, llamado comendador, cuya residencia —generalmente un castillo— actuaba como centro administrativo donde se recaudaban tributos. eran unidades administrativas encargadas de gestionar los recursos y generar ingresos; más allá de la guerra, gestionaban tierras, impulsaban la economía rural y actuaban como auténticos poderes regionales. Estas rentas sostenían al comendador, sus dominios y sus caballeros, quienes además debían integrarse en el ejército de la orden.

La Cruz de Santiago es el emblema de la Orden Militar 
del mismo nombre y simboliza valores clave combinando
elementos religiosos y caballerescos 

Desde 1211, los documentos de la Orden de Santiago eran considerados tan valiosos como joyas de oro y plata, ya que legitimaban su poder sobre distintos territorios como conventos, monasterios, hospitales y castillos, por lo que se guardaban en el “Tesoro” de la sacristía. Con el paso del tiempo, el archivo creció y en 1347 se creó la Encomienda de la Cámara de los Privilegios, dotada con recursos económicos y un archivero encargado de su cuidado. Esta encomienda, también llamada de Pozorrubio, se sostenía con bienes modestos procedentes de diezmos, rentas y otras propiedades, incluyendo el despoblado que le daba nombre.

En el interior de estos armarios, en una sala del
Monasterio de Uclés se custodiaba el archivo
de la Órden Militar de Santiago

Hacia 1474, conflictos internos por el control de la Orden de Santiago por el maestrazgo de la orden, al enfrentarse los Villena, los Manrique y Alonso de Cárdenas causaron graves daños a la fortaleza de Uclés. Para proteger el archivo, Diego de Orozco trasladó los cofres a su casa, aunque en 1480 fueron devueltos al convento. Tras el paso del maestrazgo a la corona en 1499, se impulsó la conservación documental: en 1505 se creó una cámara en Uclés y Fernando el Católico nombró a Diego de Torremocha como primer archivero, quien elaboró el primer inventario del archivo. 

Los llamados Libros de Visitas de las órdenes militares constituyen una fuente fundamental para conocer el funcionamiento interno de estas instituciones, ya que recogían por escrito todo lo observado durante las inspecciones periódicas realizadas a sus territorios y bienes. Estas visitas eran un instrumento clave de control, mediante el cual se verificaba tanto la correcta administración de encomiendas, edificios y tierras como el cumplimiento de las normas y preceptos de la orden. Los visitadores, designados en los Capítulos Generales, recorrían durante el tiempo necesario distintas zonas —como Uclés, la Mancha, el Campo de Montiel o la Sierra de Segura— para detectar posibles errores o negligencias, dejando constancia detallada de todo ello en estos libros. Aunque lo ideal era realizar una visita anual, en la práctica muchas se retrasaban; aun así, desde la segunda mitad del siglo XV estas inspecciones se fueron regularizando. La documentación conservada comienza en 1478 y se prolonga hasta las primeras décadas del siglo XVIII, lo que convierte a estos libros en un testimonio histórico de gran valor. El archivo siempre temió los incendios, por lo que desde el siglo XVI se protegían los documentos en cuatro cofres chapados en hierro y salas reforzadas con puertas de hierro para hacer frente a las llamas.

El mapa muestra los territorios de las órdenes militares 
en Castilla-La Mancha, donde el color rojo representa la 
Orden de Calatrava y el negro la Orden de San Juan


Ciudad Real nació como un proyecto estratégico de la monarquía para reforzar su autoridad frente al poder de las órdenes militares en Castilla-La Mancha. En este contexto de expansión cristiana se desarrolló la Catedral de Santa María del Prado, vinculada a Ciudad Real, fundada por Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. La Catedral representa la unión entre poder religioso y autoridad real. 

Históricamente, los caballeros de las cuatro órdenes han mantenido su vínculo con el templo, destacando visitas como la del Rey Alfonso XIII en 1905, acompañado por representantes de las órdenes. La catedral pasó a ser la sede del Priorato de las Órdenes Militares -y el obispo su prior, aunque ya no son órdenes militares, sino asociaciones-, uniendo la autoridad religiosa con la histórica presencia de las órdenes en la región. En 1876 se depositaron en la catedral importantes bienes, reliquias y documentos vinculados a estas órdenes. A pesar de la dispersión de algunos bienes durante la Guerra Civil, la catedral conserva su papel fundamental como referente histórico de la caballería religiosa en España.

La Catedral de Ciudad Real (Nuestra Señora Santa 
María del Prado) guarda una vinculación histórica 
directa con las cuatro órdenes militares españolas
 (Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa) al 
constituirse en 1875 como la Santa Iglesia 
Prioral de las Órdenes Militares por bula del
 Papa Pío IX, convirtiéndose en el centro 
espiritual y de gestión de su legado

Durante la Guerra de Granada, una campaña larga y compleja dirigida por los Reyes Católicos que puso fin al último estado musulmán en la Península, las Órdenes Militares ofrecieron apoyo aportando tropas experimentadas en guerra de frontera, caballería pesada y contingentes organizados así como conocimiento del terreno y de la guerra contra Al-Ándalus. Participaron en asedios, expediciones y defensa de posiciones clave durante la campaña. Pero además de combatir, las órdenes aportaron recursos económicos procedentes de sus tierras, mantuvieron redes de abastecimiento y ayudaron en la organización de los territorios conquistados.

Por ejemplo, el comendador mayor Diego García de Castrillo, una de las figuras más destacadas de la Orden de Calatrava a finales del siglo XV. Como comendador mayor —uno de los cargos más importantes de la Orden, solo por debajo del maestre— dirigió tropas calatravas al servicio de los Reyes Católicos y tuvo un papel clave en la Guerra de Granada. Además de su papel militar, Diego García de Castrillo fue un hombre de confianza de los Reyes Católicos y ayudó a consolidar la fidelidad de la Orden de Calatrava al bando isabelino durante los conflictos sucesorios castellanos previos a la conquista de Granada. Las inscripciones conservadas en el Castillo de Calatrava la Nueva recuerdan que participó durante décadas en la lucha contra el reino nazarí y que estuvo presente hasta la conquista final de Granada en 1492. Según esas crónicas, combatió “treinta y cinco años en la guerra de los moros” y tomó parte en la colocación de la cruz y el pendón real sobre la Alhambra tras la victoria cristiana.

En el Castillo de Calatrava la Nueva, la Capilla del 
Comendador García de Castrillo albergó una 
impresionante bóveda de piedra con lazos decorativos 
y el escudo de los Reyes Católicos, además de los 
sepulcros de la familia Castrillo, enterramientos 
bajo el suelo y el histórico estandarte de la Orden 
de Calatrava, conservando aún inscripciones sobre 
su participación en la guerra de Granada

A diferencia de siglos anteriores, en esta fase de la guerra contra los musulmanes en la Península, muchas órdenes estaban ya bajo control directo de la monarquía pues los Reyes Católicos habían asumido el control de maestrazgos (cargos máximos) y las órdenes actuaban como parte del ejército real, no como fuerzas independientes. Esto hizo que su papel fuera importante, pero subordinado a la estrategia general de la Corona. Tuvieron un papel importante, pero las órdenes militares no fueron las únicas protagonistas —la guerra fue dirigida por la monarquía y contó con nobles, ciudades y tropas variadas—, pero sí fueron un refuerzo clave, contribuyendo tanto en lo militar como en lo económico.

La Orden de Calatrava, nacida en la Edad Media
 como guardiana del territorio y de la fe, mantiene 
hoy su vínculo simbólico con el castillo de Calatrava 
la Nueva a través de actos conmemorativos y 
celebraciones culturales que recuerdan su legado
 histórico en el corazón de Castilla-La Mancha

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