La Alcazaba Qadima

La Alcazaba Qadima fue el primer núcleo urbano
surgido en el momento de transición en el que la
antigua Iliberris romana y visigoda dio paso a una
nueva ciudad islámica, asentada entre
colinas, barrancos y fértiles vegas

Cuando pensamos en la Granada andalusí, la mirada suele elevarse de inmediato hacia la Alhambra y el Albaicín. Sin embargo, antes de que estos espacios alcanzaran su esplendor, existió un núcleo primigenio que fue el verdadero germen urbano de la ciudad islámica: la Alcazaba Qadima, el asentamiento más antiguo de la Granada andalusí, junto con la Villa de los Judíos.

La Alcazaba Qadima surgió al amparo del
Alhizán romano, donde un poblamiento estable
se organizó en las alturas de San Nicolás y
San Agustín, aprovechando la defensa natural,
el agua y las tierras cultivables

La Alcazaba Qadima se asentó bajo la protección del Alhizán o Hizn romano, una fortaleza heredada de épocas anteriores que ofrecía seguridad y control del territorio. A su abrigo, en las alturas de San Nicolás y San Agustín, comenzó a organizarse un poblamiento estable que aprovechaba tanto la defensa natural del terreno como la cercanía al agua y a las tierras cultivables.

Las viviendas se extendieron por las vertientes del Careyllo y de las Monjas Tomasas, configurando un paisaje urbano escalonado, típico de las ciudades andalusíes, donde la arquitectura se adaptaba con inteligencia al relieve. No se trataba únicamente de un espacio residencial: junto a las casas florecieron huertos y zonas de cultivo que garantizaban la subsistencia de sus habitantes.

Este primer barrio fue conocido como el Haratalcazaba, y puede considerarse el núcleo originario de la Granada islámica. Aquí se asentaron los ziritas, invasores y gobernantes que, en el siglo XI, consolidaron Granada como capital de su reino, desplazando definitivamente el centro de poder desde Madinat Ilbira.

El Haratalcazaba no era solo un barrio fortificado; era un espacio vivo, donde la vida cotidiana se mezclaba con la presencia del poder militar y político. Las casas, probablemente modestas en sus inicios, se organizaban en torno a estrechas calles y pasadizos, adaptándose a la topografía abrupta del cerro.

Los huertos, irrigados por un complejo sistema de
acequias, fueron esenciales para el cultivo y
simbolizaron el equilibrio entre ciudad
y naturaleza en la Granada
 andalusí primitiva

A medida que la población crecía, la ciudad comenzó a desbordar los límites del Haratalcazaba. Por debajo de este primer núcleo, en los actuales callejones de las Minas y Cristo de las Azucenas, y por las calles de María de la Miel, Muley o Pilar Seco, se desarrolló un nuevo arrabal: el Rabad-Almotaffar.

Este arrabal se extendía hasta el muro de Poniente de la antigua fortaleza, marcando una clara expansión urbana hacia cotas más bajas. El Rabad-Almotaffar albergó talleres, viviendas populares y espacios productivos, reflejando una ciudad en pleno crecimiento, dinámica y diversa.

Aquí la Granada andalusí comenzó a adquirir una estructura más compleja, con barrios diferenciados y una clara jerarquización del espacio urbano, preludio de la gran medina que siglos después admirarían viajeros y cronistas.

Hoy, la Alcazaba Qadima permanece en gran medida oculta bajo capas de historia, transformaciones urbanas y nuevas construcciones. Sus vestigios son difíciles de identificar a simple vista, pero su huella persiste en la trama del Albaicín más antiguo, en la orientación de sus calles y en la memoria del paisaje.

Recordar la Alcazaba Qadima es volver al momento fundacional de Granada como ciudad islámica. Es reconocer que antes de la Alhambra palatina existió una Granada humilde, agrícola y defensiva, levantada paso a paso sobre colinas estratégicas. Un origen modesto, pero decisivo, sin el cual la Granada andalusí no habría llegado a ser lo que fue.


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