El cementerio andalusí de Ronda

El cementerio andalusí de Ronda es mucho más
que un espacio arqueológico: sus tumbas, estelas
y objetos permiten reconstruir la forma en que una
comunidad musulmana entendía la muerte
y afrontaba el tránsito hacia el más allá

En la Ronda andalusí, la muerte también tenía su propio espacio. La tradición islámica establecía que los difuntos debían ser enterrados fuera de las ciudades, por lo que los cementerios, conocidos como maqābir —plural de maqbara—, se situaban habitualmente junto a los caminos y extramuros de las medinas. Ronda contó con una única maqbara, situada junto al camino de Algeciras, una vía fundamental que comunicaba la ciudad con el Campo de Gibraltar y el Estrecho. Precisamente por conducir hacia el cementerio, la principal puerta de acceso a la ciudad recibió el nombre de Puerta de Almocábar, del árabe Bāb al-maqbara, “puerta del cementerio”. Hoy, buena parte de aquel espacio funerario permanece bajo el barrio de San Francisco, pero la arqueología ha permitido reconstruir cómo era este cementerio y acercarnos a las costumbres, creencias y rituales de la población musulmana de Ronda durante los últimos siglos de la Edad Media.

Estelas funerarias nazaríes en el Museo de Ronda

El enterramiento comenzaba con la preparación del difunto. Se le retiraban las ropas y los objetos personales y posteriormente era lavado con agua, perfumado y envuelto en un sudario o kafān. El cuerpo era trasladado hasta la maqbara sobre unas andas de madera, que en muchos casos podían reutilizarse como cubierta de la propia sepultura. El ataúd, por el contrario, tenía un uso excepcional. Una vez en el cementerio, un imán dirigía la oración fúnebre antes de proceder a la inhumación. El difunto era colocado en una fosa estrecha, sobre su costado derecho y con el rostro orientado hacia La Meca, es decir, hacia la quibla. En al-Andalus, la orientación habitual de las tumbas situaba los pies hacia el noreste y la cabeza hacia el suroeste, de manera que el rostro quedara dirigido hacia el sureste.

La doctrina islámica recomendaba la sencillez de las sepulturas. Lo habitual era una fosa excavada directamente en la tierra y cubierta posteriormente, dejando en superficie un pequeño túmulo. Las fosas simples fueron las más habituales y antiguas. Eran estrechas excavaciones en las que se depositaba el cuerpo y que posteriormente se cubrían con una tapa de madera o con lajas de piedra.


Fragmento de estela funeraria nazarí, tallada
en piedra arenisca y fechada entre los
siglos XIII y XIV, procedente de Ronda

Sin embargo, la arqueología demuestra que existieron diferentes formas de enterramiento, relacionadas tanto con la época como con las posibilidades económicas de las familias.

A partir del siglo XV, algunas sepulturas comenzaron a adquirir una mayor presencia exterior. Se construyeron utilizando piedra, ladrillo o sillarejo y se señalizaron mediante estelas funerarias colocadas a la cabeza y a los pies del difunto.

Estelas funerarias nazaríes del siglo XV, talladas
 en piedra arenisca, que nos acercan a las 
prácticas funerarias y a la memoria 
de la Ronda nazarí

Las estelas no solo servían para señalar el lugar de enterramiento. En el mundo islámico también podían expresar determinadas creencias sobre la muerte y el más allá e incluir inscripciones con el nombre o los datos del difunto. Sin embargo, la mayoría de las estelas encontradas en Ronda son anepigráficas, es decir, carecen de inscripción.

Las piezas rondeñas presentan además una característica muy particular: son estelas discoidales de apéndices, un tipo que parece ser exclusivo del sector occidental del emirato nazarí. Esta particularidad convierte al conjunto rondeño en la mayor colección conocida de este tipo de estelas en al-Andalus, aunque se conocen ejemplares similares en Málaga y Algeciras, pero realizados con ciertas diferencias. Mientras que las de estas localidades fueron elaboradas en cerámica, las de Ronda fueron talladas en piedra arenisca. 

En la maqbara de Ronda se documentan tumbas
de ladrillo, sepulturas construidas con sillares de
piedra y fosas simples, estas últimas las más
frecuentes, con cubiertas de madera o lajas
de arenisca según los casos

Su significado simbólico todavía es objeto de debate. Algunos investigadores han planteado que podrían representar a los testigos del fallecimiento, mientras que otras interpretaciones consideran que su forma podría aludir a la puerta del Paraíso, más que a un mihrab, teniendo en cuenta su ubicación sobre las tumbas.

En algunos sectores se han documentado fosas comunes, posiblemente relacionadas con la epidemia de peste
negra que asoló Europa durante el siglo XIV

Uno de los hallazgos más interesantes de la maqbara rondeña es la presencia de enterramientos colectivos. Su concentración y características podrían estar relacionadas con la peste negra, una de las mayores catástrofes demográficas de la Europa medieval. 

(3) Colgante de azabache y (4) pendiente con mano de 
Fátima (hamsa), ambos del siglo XIV y procedentes 
de Ronda, (2) pendientes de plata del siglo XV, todo 
ello reflejo de la cultura y las creencias de 
la sociedad nazarí en Ronda (Málaga)

Pero el cementerio también conserva las huellas de otro acontecimiento decisivo: la conquista cristiana de Ronda. Durante la última fase de utilización de la maqbara se han documentado más de un centenar de tumbas vacías. Todo apunta a que los cuerpos fueron exhumados después de la conquista y trasladados por sus familiares durante el exilio de la población musulmana. La ausencia de los difuntos se convierte así en una extraordinaria evidencia arqueológica de aquel proceso de desplazamiento y ruptura con el pasado.

Dos excepcionales redomas halladas en tumbas
vacías contenían restos de un líquido vegetal sellado
con plomo, quizá relacionado con antiguas
creencias sobre la muerte y el más allá

Entre los hallazgos más excepcionales aparecen dos redomas, pequeños recipientes similares a botellas, localizados en tumbas que posteriormente habían quedado vacías. En el Islam, la introducción de ajuares en las sepulturas estaba generalmente prohibida, por lo que estas piezas resultan especialmente singulares. No se sabe con certeza si fueron depositadas originalmente junto a los difuntos o si llegaron a las tumbas en otro momento. El análisis de su interior reveló restos de un líquido elaborado a partir de plantas, conservado mediante tapones de plomo. Aunque no ha sido posible determinar exactamente su composición, su presencia podría estar relacionada con alguna práctica o creencia vinculada a la muerte y al más allá.

Las fosas comunes recuerdan las epidemias que golpearon a la población; las estelas hablan de quienes vivieron y murieron en la ciudad; las redomas nos acercan a creencias que apenas podemos reconstruir; y las tumbas vacías evocan el exilio de la población musulmana tras la conquista cristiana. Bajo buena parte del actual barrio de San Francisco permanece, por tanto, una parte esencial de aquella Ronda nazarí: la memoria de una comunidad que habitó la ciudad durante siglos y que, al verse obligada a marcharse, dejó atrás sus casas, sus muertos y una huella que la arqueología todavía hoy nos permite recuperar.


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