Jardín nazarí: Madroño
![]() |
| En al-Ándalus era conocido como šaǧar al-ǧana al-aḥmar, expresión que puede traducirse como “el árbol de los frutos rojos”, una denominación que pone el acento precisamente en uno de sus rasgos más reconocibles |
El madroño es un arbusto o pequeño árbol de hoja perenne que puede alcanzar unos ocho metros de altura. Sus hojas, lanceoladas y de un intenso color verde, permanecen durante todo el año. Al final del otoño aparecen sus características flores, blancas o ligeramente rosadas, reunidas en pequeñas estructuras con forma de campanilla cerrada. Sus frutos son bayas redondeadas, de unos dos o tres centímetros, cuya superficie granulada adquiere tonalidades rojas o anaranjadas al madurar.
Los textos de los agrónomos andalusíes demuestran el profundo conocimiento que existía sobre esta especie y sobre sus posibilidades de cultivo. De sus escritos se desprende que el madroño era una especie autóctona que fue progresivamente domesticada para convertirla en una planta productiva. Este proceso refleja el interés de la agricultura andalusí no solo por introducir nuevas especies, sino también por conocer, seleccionar y aprovechar de manera sistemática los recursos vegetales propios del territorio.
Su importancia no se limitaba a sus frutos. Desde la Antigüedad, el madroño había sido utilizado como planta tintórea en diferentes regiones del norte de África. Además, su madera, extraordinariamente densa y dura, encontró diversos usos en el mundo mediterráneo, especialmente en marquetería, ebanistería y tornería. Su presencia puede rastrearse en objetos de uso cotidiano y piezas de mobiliario, como escritorios y otros elementos realizados con maderas seleccionadas por su resistencia.
Especialmente interesante es la información que encontramos en al-’Umda, el célebre tratado botánico compuesto entre los siglos XI y XII, donde se recoge información sobre el fruto del madroño, su consumo y algunas de sus propiedades. El texto señala incluso que comer sus frutos podía provocar dolor de cabeza, una observación que muestra el carácter eminentemente práctico de la botánica andalusí, preocupada por las propiedades, beneficios y posibles efectos de las plantas.
Las bayas también podían emplearse para elaborar un vinagre de color rojo y sabor intenso, ampliando así las posibilidades de aprovechamiento de la especie. Y existe un último detalle particularmente curioso: los textos mencionan que estos frutos eran consumidos con frecuencia por los osos, una observación que nos permite imaginar hasta qué punto los autores andalusíes atendían también a la relación entre las plantas, los animales y el entorno natural.
El madroño nos habla, por tanto, de una concepción de la naturaleza propia de la cultura agrícola de al-Ándalus: observar, conocer, cultivar y aprovechar. Tras una especie aparentemente humilde se esconde todo un mundo de conocimientos botánicos, agrícolas, artesanales y gastronómicos. El estudio de estas plantas permite además recuperar una parte menos conocida del legado andalusí: no solo el de sus grandes monumentos, jardines y sistemas hidráulicos, sino también el de los árboles, frutos y especies vegetales que formaron parte de su paisaje y de la vida cotidiana de sus habitantes. El madroño, el “árbol de los frutos rojos”, es así otro testimonio vivo de la extraordinaria cultura botánica de al-Ándalus.




Comentarios
Publicar un comentario