La diplomacia nazarí

La diplomacia era indispensable en un reino que dependía de alianzas para su supervivencia, alternando con campañas militares. La política del emirato nazarí se caracterizó por una sucesión de tratados, acuerdos y rupturas con los reinos de su entorno. En el siglo XV, la situación fronteriza con el Islam sólo afectaba a la Corona de Castilla, aunque Aragón intentaba mantener un papel primordial en el juego diplomático con el Reino nazarí de Granada debido a sus intereses comerciales y estratégicos en el Mediterráneo. De este modo, las relaciones entre estos reinos guardaban diferentes características: bélicas entre Castilla y Granada, comerciales entre Aragón y el reino nazarí y de rivalidad entre Castilla y Aragón.

Una intensa actividad diplomática que dejó su huella en archivos como el de la Corona de Aragón, en Barcelona. Para la historiadora Roser Salicrú, Investigadora Estudios Medievales IMF-CSIC, sorprende la correspondencia a más alto nivel de ambos estados sobre cuestiones de tratados, comercio o piratería. La barrera lingüística se superó con documentos escritos al mismo tiempo en árabe y latín, aragonés o castellano, según correspondiera, dejando una parte en blanco para que se realizara la traducción y quedara validado por ambas partes; de hecho las razones para el intercambio son constantes, como un tratado de paz conservado donde se especifican los derechos de los cristianos establecidos en el territorio de Granada y los de las poblaciones musulmanas establecidas en los reinos cristianos. Evidentemente, puesto que los contactos eran intensos, había agentes tanto en Aragón como en Granada que comprendían o el árabe o las lenguas romances, y que se ocupaban de hacer las traducciones. Entenderse bien era una necesidad diplomática para lo que el Reino de Granada no escatimó esfuerzos.

Se conserva en los Archivos de la Corona de Aragón,
 en Barcelona, una carta de papel rosado, lo que indica
que es una carta del rey nazarí, que además de estar
escrita en catalán, lleva una firma autógrafa del propio
rey de Granada, Rex Yusef, es decir Yusuf III, cosa
que indica que aceptó firmar en caracteres latinos
de su propia mano

Al margen de las disputas políticas, fue evidentemente el aspecto económico el que motivó estos intercambios. La Corona de Aragón, como potencia medieval mediterránea que se volcó al mar, vehiculó fundamentalmente sus contactos con Granada por vía marítima, es decir, a través del comercio. El reino nazarí estaba perfectamente integrado en el comercio mediterráneo, exportando numersos productos como seda, frutos secos y caña de azúcar, que crecían en abundancia en estas tierras. Y si el comercio fue y sigue siendo un arte, la artesanía no se quedaba atrás: especial importancia cobró la cerámica de La Alhambra. Se trataba de objetos prestigiosos, reconocibles por su brillo metálico y los destellos azules y dorados de su decoración. Algunas de las piezas, que combinaban la originalidad de las formas y la delicadeza del diseño fascinaron literalmente a los occidentales. 

Las relaciones y enfrentamientos entre  Castilla y el Reino de Granada fueron constantes durante los 250 años del pequeño reino hispano-musulmán, que mantuvo su extensión territorial frente a la corona castellana en gran medida por las relaciones diplomáticas que sostuvo con otros Estados del Mediterráneo que permiten el equilibrio necesario para el desarrollo y supervivencia del Estado nazarí.

Algunos reyes nazaríes respetaban el acuerdo de vasallaje a los soberanos castellanos, aunque no siempre los nazaríes se consideraban sujetos a Castilla por este vínculo; cuando el gobierno de Castilla era lo suficientemente fuerte para imponerse por las armas solicitaba sus parias a Granada, a cambio de mediar en sus relaciones diplomáticas con otros reinos cristianos. Ésta situación de vasallaje no mermaba la legitimización de la familia real nazarí sobre sus súbditos musulmanes, salvo en el aspecto económico.

Por lo general, las diferentes treguas que se firmaron en la historia del Reino nazarí de Granada contenían cláusulas similares a los de cualquier otro tratado de paz entre estados cristianos, obligando a ambos reinos a no hacerse la guerra, ni por mar ni por tierra, durante el tiempo estipulado, así como darse apoyo ante los respectivos enemigos. La duración de las treguas generalmente era de uno a tres años. Durante ese tiempo, el cambio de la situación política de una de las partes permitía una nueva valoración para renovarlas o emprender la guerra. La muerte o destronamiento de uno de los monarcas que habían firmado el tratado anulaba automáticamente la tregua, haciéndose necesario un nuevo acuerdo, a no ser que los herederos de los respectivos estados figuraran como confirmantes del pacto.

Una de las cláusulas fundamentales que condicionaba la firma de los acuerdos por cualquier rey castellano era la liberación de cautivos cristianos, lo cual no faltaba en ninguno de los acuerdos. Esto afectaba a la mano de obra esclava que pudiera tener el Reino de Granada, así como la cuantía de los rescates que podían obtenerse a cambio a cambio de las personas prisioneras de familias con recurso o la posibilidad de canje por cautivos musulmanes en tierras cristianas. Además suponía que el estado nazarí debía costear el viaje de estos cautivos liberados a través de las tierras de Granada hasta llegar al lugar de entrega.

Otras cláusulas importantes eran aquellas que regulaban el tráfico mercantil durante el período de pas, permitiendo el libre transporte de bienes y mercancías a través de unos puertos situados es lugares estratégicos de la frontera, marítima o terrestre, tales como Alcalá la Real, Lucena, Zahara, Antequera, Huelma, Teba, Priego, Pegalajar, Jaén, Baeza, Quesada, Alcalá d e los Gazules, Hellín, Mula o Lorca. Sólo se exceptuaban los llamados “productos vedados” imprescindibles para el consumo y el armamento de los pobladores de ambos reinos: cereales, ganado de consumo, caballos y armas.

En la primera tregua que se pactó entre Granada y Castilla, no se especificó el pago de parias, como sucedería a partir del tratado de 1421. Las cantidades más elevadas de dinero se pagaron durante el reinado de Mohammed IX El Zurdo, oscilando entre las 8.000 doblas de oro anuales (algo más de 13 millones y medio de euros actuales) si se fraccionaba el pago y de 11.000 y 13.000 en años sueltos, lo que representaba una cuarta o quinta parte de los ingresos fiscales del Reino nazarí de Granada. No obstante, los acuerdos con los candidatos al trono que pedían auxilio a Castilla podían resultar más gravosos inclusive.

Estas treguas disgustaban especialmente a los súbditos granadinos que difícilmente podían aceptar la situación de dependencia de sus monarcas a la corona de Castilla y por el pago de las cuantiosas parias.

Por otro lado, las relaciones diplomáticas con los reinos musulmanes del norte de África se centraba en el Egipto mameluco, el reino merení de Fez y los hafsíes de Túnez. La relación más fructínera con Túnez la mantuvo Mohammed IX el izquierdo con el sultán haftí Abu Faris (1394 – 1434), cuando el monarca granadino tuvo que refugiarse en el vecino país tras ser depuesto en 1427 y huir a través de Aragón gracias a los salvoconductos pertinentes de Alfonso V, quien también recomendó a varios granadinos que buscaran asilo en Tremecén (también existía una vertiente diplomática entre los reinos cristianos y los reinos musulmanes norteafricanos). Sin embargo, tras la muerte del rey Abu Faris, Túnez dejó de prestar interés por los asuntos granadinos y ningún otro monarca nazarí volvió a recibir ayuda diplomática ni militar de la corte tunecina.

El último reino musulmán de la Península Ibérica mostraba un declive paulatino a lo largo del siglo XV. Las rivalidades internas, los fracasos militares y los tributos cada vez más elevados que debían pagar a los reinos católicos, debilitaron el emirato. Además un acontecimiento que se produjo en el otro extremo de Europa aceleró su fin: 1453, toman Constantinopla, poniendo fin al Imperio Bizantino y las grandes cortes europeas quedan conmocionadas. Estos acontecimientos, junto con el matrimonio en 1469 de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón terminaron por dinamitar la relación con el reino musulmán de Granada y allanaron el camino a un Estado Ibérico Cristiano unificado; era el momento de concluir la conquista de al-Ándalus.

Fue entonces cuando los esfuerzos diplomáticos nazaríes miraron a Egipto, enviando una embajada a El Cairo y que fue recibida por Abu Sa’id Yaqmaq al-Zahir los días 16 y 17 de diciembre de 1440 y que se limitó a enviar algo de financiación y pertrechos a Granada. Tras este fracaso, cesaron los intentos de los nazaríes por implicar a otros gobernantes del Magreb en su destino político, en parte por los problemas internos que en estos países también había y dando comienzo al aislamiento exterior de Granada con el resto del Islam a partir de 1440 con la excepción de momentos de extrema necesidad. Un ejemplo es la embajada que Boabdil envió al mameluco Qa’itbay a finales de 1487 solicitando ayuda militar tras el asedio de Málaga, obteniendo únicamente la presión de Egipto al clero de Jerusalén para que intercediese ante los Reyes Católicos.

Cuando el sultán de Egipto se
quejó por la Guerra de Granada,
Fernando de Aragón le envió una
respuesta

En el mes de julio de 1489, llegaron al campamento real cristiano que sitiaba Baza durante la Guerra de Granada, dos religiosos franciscanos llegados de Egipto, uno de ellos prior del Santo Sepulcro de Jerusalen. Expusieron al rey Fernando de Aragón, el disgusto del sultán de Egipto por las noticias que había recibido por medio de los embajadores nazaríes. A esto, el aragonés le respondió que durante mucho tiempo fueron los árabes quienes ocuparon las Españas y otras muchas provincias del mundo que poseían los cristianos, siendo notoria la perfidia y violencia de las que se valieron y por lo tanto estaba en su derecho de recuperarlos. El sultán amenazó con tomar represalias sobre los cristianos que habitaban en su reino en el caso de no cesar la guerra contra Granada a lo que Fernando respondió que también vivían muchos mudéjares en las Españas.

Las embajadas cristianas tenían que hacer regalos para ver a los reyes de Granada (igual que sucedía en la corte de los zares de Rusía, también de costumbres orientales), haciendo toda una corte y un protocolo previo a entrevistarse con el monarca.

Finalmente, el papel de los estados del Magreb se limitó a acoger a los emigrantes granadinos que eran expulsado de sus tierras ante el avance cristiano y que elegían el dominio del Islam para vivir.

Por lo tanto, hay con comprender la infinita soledad de los andalusíes, la maldición de al-Ándalus. Los cristianos del norte les consideraban árabes, ellos mismos se consideraban andaluces, herederos de los antiguos atlantes y tartesios. Con los cristianos compartían la raza, pero con los musulmanes africanos la religión, pero con ninguno la cultura. Los bereberes les despreciaban por débiles, pero admiraban su cultura y refinamiento. Los andalusíes despreciaban a sus vecinos del sur, por rudos y fanáticos, pero precisaban su fortaleza y poder porque ellos eran débiles rodeados de enemigos fuertes que deseaban devorarlos, pudiendo sobrevivir gracias a la astucia del equilibrio, jugando varias cartas a la vez. Si temían a los castellanos, a los meriníes les aborrecían.

"Yo soy el sol que brilla en el cielo de las ciencias; más mi defecto es que mi oriente es el Occidente..."
Ibn Hazn, poeta andalusí 


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