La marina nazarí: el poder marítimo del reino de Granada
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| La marina nazarí, modesta en comparación con otras potencias mediterráneas, tuvo momentos de actividad intensa y estratégica |
Cuando pensamos en el reino nazarí de Granada (siglos XIII-XV), solemos imaginar un Estado esencialmente terrestre, sostenido por fortalezas, ejércitos y una compleja red defensiva en la frontera con Castilla. Y no es una imagen errónea: el ejército fue siempre el pilar fundamental de su supervivencia. Sin embargo, el mar también jugó un papel relevante, aunque a menudo secundario y poco conocido. La marina nazarí, modesta en comparación con otras potencias mediterráneas, tuvo momentos de actividad intensa y estratégica.
En primer lugar, conviene señalar que no existió una gran flota de guerra nazarí permanente comparable a la castellana o aragonesa. Durante la larga y compleja Batalla del Estrecho, el protagonismo naval recayó principalmente en los meriníes norteafricanos, aliados fundamentales de Granada, que aportaron la mayor parte de los efectivos navales y asumieron el peso de las grandes operaciones marítimas.
Aun así, el reino nazarí no estuvo ausente del mar. De hecho, en los tratados firmados con la Corona de Aragón, los granadinos solicitaron ayuda naval, lo que demuestra su conciencia de la importancia estratégica del control marítimo. Estas alianzas permitieron a Granada sostener su posición en el Mediterráneo occidental en momentos críticos.
Los barcos granadinos, aunque escasos, realizaron frecuentes incursiones en las costas cristianas, muchas de ellas con notable éxito. Estas acciones de corso y ataque rápido buscaban tanto el botín como la desestabilización del enemigo. De manera significativa, en un momento concreto de tensión entre Castilla y Aragón, la marina nazarí llegó incluso a intervenir en apoyo de los castellanos, un ejemplo claro de la flexibilidad diplomática y estratégica del reino.
En cuanto a la infraestructura portuaria, los principales puertos nazaríes fueron Almería y Málaga, auténticos centros neurálgicos del comercio y la actividad naval. Ambas ciudades contaban con arsenales, lo que refuerza la idea de una organización marítima estable, aunque limitada. Almuñécar también fue utilizada como fondeadero, si bien su papel fue secundario frente a la importancia de las dos grandes capitales portuarias.
La huella de esta tradición marítima ha llegado hasta nosotros incluso a través del lenguaje. Palabras hoy comunes en castellano como dársena y atarazana proceden del árabe, recordándonos la influencia andalusí en el mundo naval y comercial del Mediterráneo.
En definitiva, la marina nazarí nunca alcanzó la relevancia del ejército terrestre, pero supo cumplir su función en momentos clave: apoyar alianzas, hostigar al enemigo y proteger las rutas marítimas del reino. Un poder discreto, pero eficaz, que completa nuestra visión de un Estado que luchó por sobrevivir entre la diplomacia, la guerra y el mar.


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