Literatura nazarí
La literatura en el reino nazarí de Granada ocupó un lugar central en la vida cultural y política del emirato, siendo activamente fomentada por los propios soberanos y por miembros influyentes de la élite. No solo protegieron a poetas y sabios, sino que algunos de ellos participaron directamente en la creación literaria y científica, consolidando una estrecha alianza entre poder y cultura.
Uno de los máximos exponentes de esta edad literaria fue el visir Ibn al-Jatib (1313-1375), figura clave de la Granada del siglo XIV. Polígrafo, historiador, médico y poeta, dejó una obra inmensa —alrededor de sesenta títulos— que abarca desde tratados científicos hasta refinada poesía y elegante prosa de adab. Su trabajo ofrece, además, un valioso testimonio de los escritores de su tiempo, pues se preocupó por registrar cuidadosamente los nombres y obras de sus contemporáneos, lo que nos permite conocer la riqueza del panorama literario granadino.
La corte nazarí, especialmente desde finales del siglo XIII, comenzó a estructurar su círculo oficial de poetas-funcionarios. Esta tradición se inauguró con el visir Ibn al-Hakim de Ronda (1261-1309), quien combinó la labor política con la literaria. Su discípulo, Ibn al-Yayyab (1274-1348), le sucedió con aún mayor talento, y a su vez fue superado por el ya mencionado Ibn al-Jatib (1313-1375), figura monumental tanto en poesía como en prosa. Finalmente, Ibn Zamrak (1333-1393), discípulo de Ibn al-Jatib, se consolidó como el mejor poeta de los tres, siendo autor de muchos de los versos que hoy decoran la Alhambra. Ya en el siglo XV, nombres como Yusuf III e Ibn Furkūn siguieron dejando su huella literaria en los palacios granadinos.
La literatura nazarí se desarrolló en un contexto cultural que los estudiosos han calificado de “decadente”, como parte de un mundo árabe que había dejado atrás su época clásica. En respuesta a esta percepción, los escritores granadinos adoptaron una marcada actitud arcaizante, buscando en los modelos clásicos árabes una reafirmación de identidad. Por ejemplo, además de la clásica casida monorrima, en Granada también se cultivaron formas estróficas como el cejel y la muwassaha, herencia andalusí que alcanzó aquí uno de sus momentos culminantes. Esto se tradujo en un estilo recargado, lleno de referencias cultas, juegos retóricos y una notable distancia respecto a la realidad cotidiana, especialmente en los dos primeros siglos del reino de Granada.
Sin embargo, en el siglo XV, ante las crecientes crisis políticas y sociales que atravesaba el reino, comenzó a manifestarse una literatura más conectada con la vida real. Las obras de este último periodo reflejan una mayor sensibilidad ante el entorno, asomando en ellas experiencias humanas más cercanas, sin abandonar por ello la elegancia formal del estilo adab. La literatura nazarí combinó clasicismo, refinamiento y, hacia su final, una nueva mirada hacia lo cotidiano, dejando un legado cultural que testimonia tanto el esplendor como las tensiones de la Granada islámica.
La prosa literaria, se expresó en géneros variados: biografías, relatos de viajes, crítica literaria, sermones, refranes y las típicas composiciones del adab. Destacaban las magamat (escenas ficticias) y risalat (epístolas), textos que, aunque trataban todo tipo de temas, eran sobre todo vehículos de exhibición estilística, marcados por la prosa rimada, el léxico rebuscado y los recursos retóricos barrocos.
En cuando a la poesía, en el emirato nazarí de Granada alcanzó una intensidad y riqueza excepcionales, convirtiéndose en una de las expresiones más vivas de su cultura. Fue tal la profusión de versos que se puede afirmar, sin exagerar, que en la Granada nazarí “todo el mundo componía poesía”. Desde el poder hasta la élite intelectual, la creación poética formaba parte esencial de la vida cortesana, espiritual y cotidiana.
Entre los grandes nombres de la poesía granadina destacan figuras como Ibn al-Zayyāt, Abu Hayyān, Ibn al-Yayyab, Yahyà b. Hudayl, al-Muntasaqirī, Ibn Jātima, al-Balafiqī, Ibn al-Jatib, Ibn Yabir e Ibn Zamrak. La producción poética fue tan valorada que se plasmó incluso en la arquitectura: numerosos poemas fueron grabados en los muros y fuentes de la Alhambra, convirtiendo el palacio en un “códice de yeso” donde la palabra embellecía la piedra.
En suma, la poesía nazarí fue una seña de identidad cultural, una herramienta política y una manifestación estética que impregnó todos los niveles de la sociedad granadina, dejando un legado que aún hoy perdura entre los muros ornamentados de la Alhambra.


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