El comercio nazarí con Génova
Las relaciones entre Génova y el Reino nazarí de Granada constituyen uno de los ejemplos más complejos y fascinantes de interacción entre un estado cristiano marítimo y un sultanato islámico en la Baja Edad Media. A lo largo de más de dos siglos, ambos territorios articularon un sistema de cooperación económica y entendimiento diplomático que, pese a tensiones coyunturales, demostró una notable estabilidad estructural.
El comercio fue el eje central de esta relación, pero nunca estuvo desligado de la política. En Granada, el dinamismo comercial reflejaba una apertura calculada: el emirato supo integrar intereses extranjeros sin renunciar a su soberanía. En Génova, por su parte, la expansión mercantil se convirtió en razón de Estado desde los tiempos del Comune, surgido en el siglo XI como asociación autónoma de comerciantes y nobles que transformó la ciudad en potencia marítima, rival de Venecia y Pisa, y que evolucionó hacia la República con la figura del Dux desde 1339.
Desde el siglo XI, el avance cristiano alteró las rutas tradicionales del Mediterráneo, debilitando las conexiones entre Oriente y Occidente bajo control islámico. El emirato nazarí, fundado en 1232, quedó progresivamente aislado del gran circuito oriental y hubo de apoyarse en el comercio norteafricano y, cada vez más, en el intercambio con potencias cristianas.
La sociedad nazarí fue activa y flexible. Su economía combinaba una sólida base rural —orientada en parte al autoconsumo— con productos altamente especializados y exportables, como la seda, el lino, el azúcar de caña, las pasas o los higos. La superioridad naval cristiana, sin embargo, forzó a Granada a confiar buena parte de su comercio exterior a mercaderes italianos, principalmente genoveses.
Por ese motivo, desde 1278 se sucedieron tratados que regularon las relaciones entre Génova y Granada hasta la conquista castellana. En ciudades como Málaga, descrita a veces como una auténtica “colonia genovesa”, se asentaron comunidades mercantiles organizadas.
Los comerciantes cristianos no eran dimmíes, sino que gozaban de un estatuto especial: el amán, permiso de residencia y actividad económica otorgado por el sultán mediante negociación diplomática. Este régimen les garantizaba seguridad personal y comercial, derecho a conservar religión y nacionalidad, protección consular y posibilidad de fundar alhóndigas o fondacos propios.
Para los nazaríes, los genoveses eran algo más que comerciantes: actuaban como mediadores diplomáticos y, en cierto modo, como escudo político frente a Castilla y frente a poderes musulmanes norteafricanos, cuyo comercio también controlaban los ligures. No es casual que el léxico comercial italiano conserve abundantes arabismos, huella de esta intensa interacción.
Los genoveses ensayaron en Granada fórmulas que más tarde aplicarían en sus circuitos coloniales: monopolizar el tráfico, adquirir materias primas baratas y revender manufacturas de alto valor añadido. Este esquema reforzaba la dependencia comercial del emirato, pero también sostenía su economía exportadora. Compraban seda en madejas o lino sin tejer, que luego retornaba convertido en telas; redistribuían azúcar y frutas secas granadinas hacia Sicilia o África.
Aparte del propio comercio, los italianos, por medio de sus relaciones con los pueblos norteafricanos, tenían interés en controlar las rutas de acceso a las fuentes de metales preciosos africanos y, particularmente, del oro de Sudán. Por este motivo participaron activamente en la llamada Batalla del Estrecho, que hizo posible el restablecimiento del tráfico marítimo entre el Mediterráneo y el Atlántico.
El siglo XV trajo consigo un progresivo ahogamiento económico del reino nazarí. A la pérdida de contacto fluido con el Magreb y otras regiones islámicas se sumó la creciente competencia de productos cristianos. Las especialidades andalusíes más rentables, como la seda —destacando las producciones de las Alpujarras, Comares, Málaga, Ronda y Vélez-Málaga— y la cerámica dorada de Málaga, comenzaron a enfrentar rivales que erosionaron su posición en el mercado. El declive del puerto de Almería, que había sido clave en época almorávide, y la consolidación de Málaga como principal salida comercial del reino de Granada—aunque cada vez más controlada por intereses foráneos— simbolizan este proceso de transformación y dependencia económica.
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| La Alhambra es una ciudad completa, con espacios de viviendas, huertas de cultivo para abastecerse y vender mercancías a los comerciantes italianos, verdaderos controladores de la economía del reino |
El equilibrio comenzó a tensionarse en la década de 1430. Hasta 1428-1430, los conflictos granadinos habían sido mayormente internos, como la lucha entre Muhammad IX de Granada y Muhammad VIII. Pero al reanudarse las hostilidades con Castilla, el comercio genovés quedó bajo sospecha.
Juan II de Castilla acusó a los genoveses de abastecer a los nazaríes con víveres y pertrechos. Génova reaccionó con ambigüedad calculada: oficialmente prohibió exportar alimentos al Reino de Granada, pero limitó la interdicción a ciertos productos y dejó margen para continuar operaciones bajo fórmulas indirectas.
La presión se intensificó con la bula Romanus Pontifex (1433) de Eugenio IV, que amenazaba con excomunión a quienes suministrasen ayuda a los musulmanes. En 1435, Génova promulgó un decreto severo contra el comercio prohibido, aunque en la práctica muchos mercaderes continuaron sus negocios.
Así surgieron tensiones directas entre genoveses residentes y el poder nazarí, especialmente bajo Muhammad IX. Estos conflictos reflejan la intersección entre política interna nazarí y redes financieras genovesas: los comerciantes no eran actores neutrales, sino piezas insertas en las luchas de poder.
La poderosa familia Spinola —con intereses en préstamos, arrendamientos fiscales y quizá en la ceca granadina— sufrió confiscaciones y deudas impagadas. Gregorio Spinola, tras más de veinte años en Granada, fue expoliado de bienes valorados en más de diez mil libras; Boruele Spinola reclamaba 18.000 besantes; Ambrosio Cattaneo exigía la devolución de 4.200 besantes. En 1443, ante la falta de satisfacción, Génova autorizó represalias comerciales.
Pese a todo, el comercio no desapareció. Datos de la Compera en 1443 y estudios posteriores muestran su continuidad hasta bien entrado el siglo XV. Incluso en los años finales del sultanato, los genoveses desempeñaban papeles diplomáticos clave: en 1484, un Centurione actuó como intermediario de Muley Hacén ante los Reyes Católicos. Sin embargo, desde la década de 1430 se perciben “advertencias del fin”: represalias, conflictos acumulados y creciente subordinación a la política castellana. El comercio seguía vivo, pero el margen de autonomía se estrechaba.
La relación entre Génova y Granada fue, durante siglos, un modelo de coexistencia pragmática entre mundos religiosos distintos. El emirato nazarí mostró una notable capacidad de apertura económica controlada, mientras que la república ligur supo aprovechar su superioridad naval y financiera para insertarse profundamente en la economía granadina.
Pero ese equilibrio era frágil. Cuando la guerra y la cruzada redefinieron prioridades, el comercio se convirtió en campo de batalla diplomático. La ambigüedad genovesa —condena oficial y práctica tolerancia— y las tensiones internas nazaríes anticiparon el declive de una relación que había sido, durante largo tiempo, uno de los pilares del Mediterráneo occidental bajomedieval.
En esa interacción entre seda, bulas papales, préstamos y represalias se dibuja no sólo una historia comercial, sino el relato de cómo un pequeño sultanato intentó sobrevivir entre potencias mayores y cómo una república mercantil supo navegar —literal y políticamente— entre dos mundos.



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