El Rabad al-Zenata: el arrabal bereber a los pies de la Alcazaba

El Rabad al-Zenata se extendía desde el Carril de la
Lona, en el entorno del actual barrio del Zenete, y
descendía por las actuales calles de Molino de la
Corteza, Beteta y otras vías cercanas,
hasta alcanzar la llanura

Al oeste de la Alcazaba Gidida, al abrigo de su muralla y entre esta y la antigua calle de Elvira, se extendió en época andalusí uno de los arrabales más densamente poblados de la Granada medieval. Hoy apenas quedan restos materiales de aquel barrio, pero su memoria pervive aún en los nombres y en el trazado tortuoso de las calles que lo ocuparon. Nos referimos al Rabad al-Zenata, el arrabal de los zenetes.

Este barrio tomó su nombre de los zenetes, tribus bereberes norteafricanas que acompañaron a Zawi ben Ziri, fundador del reino zirí de Granada a comienzos del siglo XI. Zawi, consciente de la importancia de contar con una milicia fiel en los inicios de su nuevo reino, asentó a estos guerreros en las inmediaciones de la Castella (la Alcazaba), de forma que pudiera disponer de ellos con rapidez. Según la tradición, bastaba con izar una banderola sobre el hisn para convocarlos en defensa de su persona y de su incipiente Estado.

Su límite natural lo marcaba la calle de Elvira, eje
fundamental de la Granada islámica y puerta
de entrada a la ciudad

Este arrabal no solo cumplía una función defensiva, sino que se convirtió en un espacio vivo y densamente habitado, integrado en la dinámica urbana de la medina. La topografía accidentada del terreno, en ladera, dio lugar a un entramado de calles estrechas y quebradas, rasgo que aún hoy define esta zona de la ciudad.

El cronista Luis del Mármol Carvajal menciona además la existencia de otro núcleo de población relacionado con los zenetes: un barrio situado por debajo de las llamadas casas del Gallo, fuera de los muros de la Alcazaba, conocido como el Zenete. En él moraba una generación de moros africanos llamados Beni Zenata, que acudían a al-Ándalus como mercenarios, atraídos por el sueldo de la guerra.

Los reyes musulmanes confiaban en ellos como milicia segura, encargada de la guardia personal del soberano. Por esta razón, y para tenerlos siempre cerca, cuando los palacios reales se encontraban en las casas del Gallo, se les concedió aquel áspero paraje para que lo poblasen: un terreno escarpado que descendía por la ladera hasta alcanzar la zona llana.

Hoy, pasear por estas calles es caminar sobre un paisaje histórico casi invisible. No quedan murallas ni edificios que delaten la presencia del Rabad al-Zenata, pero su huella sigue viva en la toponimia, en la estructura urbana y en la memoria profunda de la ciudad. Este arrabal bereber fue testigo del nacimiento de Granada como capital andalusí y símbolo del papel decisivo que las gentes del norte de África tuvieron en su historia.

Conocer el Rabad al-Zenata es, en definitiva, asomarse a la Granada menos monumental y más humana: la de los barrios, las milicias, las laderas habitadas y los nombres que el tiempo se resiste a borrar.

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