Exposición “Materia viva: botánica, arte y memoria andalusí” en el Museo Arqueológico Nacional
La muestra, abierta del 5 de junio al 11 de octubre de 2026, plantea un recorrido que une el jardín histórico del museo con las salas de su exposición permanente (salas 23 y 26 ). De esta manera, plantas, piezas arqueológicas, arquitectura y memoria se relacionan para mostrar que el paisaje andalusí no fue simplemente el escenario donde se desarrolló una civilización, sino una auténtica materia viva transformada por el ser humano. Ninguna historia puede narrarse sin paisaje. En al-Ándalus, la transformación del territorio fue especialmente profunda. Desde el siglo VIII se introdujeron nuevas especies vegetales, técnicas agrícolas y sistemas hidráulicos que modificaron la agricultura, la alimentación y los espacios habitados.
El agua se convirtió en uno de los grandes protagonistas de este proceso. Acequias, norias, qanāt, albercas y otros sistemas permitieron ampliar las superficies cultivadas y crear jardines y huertos donde utilidad y belleza convivían. Las almunias y alquerías, tanto en el ámbito rural como en las proximidades de las ciudades, combinaban explotación agrícola, residencia y representación. En los espacios palatinos, esta relación alcanzó una dimensión todavía más sofisticada: el jardín se convirtió en un lugar de placer, contemplación, conocimiento y expresión del poder.
Esta tradición alcanzaría una de sus máximas expresiones siglos después en la Granada nazarí, donde el agua, la vegetación y la arquitectura formarían una unidad inseparable.
Uno de los objetos más evocadores de la exposición es el surtidor de fuente en forma de cierva, realizado en bronce grabado y sobredorado en la segunda mitad del siglo X. Procedente de Córdoba, esta pieza refleja la importancia que alcanzaron las fuentes ornamentales en los jardines andalusíes. El agua no solo tenía una función práctica: también producía sonidos, reflejos y movimiento, creando espacios destinados a estimular los sentidos. Los jardines palatinos eran auténticos escenarios de representación. Árboles, flores, fuentes, estanques y animales exóticos componían paisajes cuidadosamente diseñados para transmitir riqueza, conocimiento, generosidad y sofisticación.
La exposición permite comprender así que el jardín islámico medieval no era únicamente un espacio verde. Era también un espacio cultural, donde botánica, ingeniería hidráulica, arquitectura, poesía y poder se encontraban.
La presencia de la naturaleza también se manifiesta en la decoración arquitectónica. Las vigas y entrepaños de la mezquita de Córdoba, fechados en el siglo X, muestran motivos vegetales estilizados como palmetas y rosetas. En ellas encontramos una triple presencia de la botánica: la madera utilizada como materia prima, las formas vegetales talladas y las representaciones pintadas.
![]() |
| Este revestimiento mural de mármol del siglo X representa un jardín palaciego andalusí, donde arquitectura, vegetación y simbolismo se funden para evocar el Paraíso |
Algo similar sucede con el revestimiento mural de mármol del Seminario de San Pelagio de Córdoba, donde aparecen vides estilizadas y posiblemente el árbol de la vida. La vegetación se convierte así en un lenguaje artístico. Las formas de la naturaleza son transformadas, estilizadas y llevadas a la arquitectura, creando imágenes vinculadas al jardín y al Paraíso.
Esta concepción tendrá una extraordinaria continuidad en la arquitectura nazarí. En la Alhambra, hojas, flores, árboles y frutos aparecen constantemente transformados en yeserías, azulejos, mármoles, maderas y cerámicas.
![]() |
| Los arcaduces como estos del MAN Arqueológico permitían a las norias elevar y distribuir el agua por acequias, haciendo posible la expansión de jardines, huertas y cultivos de regadío en al-Ándalus |
Los arcaduces expuestos en el MAN recuerdan otro de los grandes avances de la sociedad andalusí: la gestión del agua. Estos recipientes cerámicos, asociados a las ruedas de las norias, permitían elevar el agua y conducirla hacia las acequias de distribución. Junto a otros sistemas hidráulicos, hicieron posible una agricultura de regadío mucho más intensiva.
La introducción y expansión de nuevos cultivos transformó profundamente el paisaje peninsular. El mundo andalusí incorporó nuevas especies y amplió los usos de otras ya conocidas.
El olivo, por ejemplo, se benefició de las nuevas técnicas de cultivo y regadío. El aceite adquirió una importancia todavía mayor en la cocina, la iluminación, la medicina y la elaboración de preparados. La llamada revolución verde andalusí no fue solamente agrícola. Modificó la organización del territorio, los asentamientos humanos, los hábitos alimenticios y las relaciones entre las comunidades y su entorno.
Uno de los objetos especialmente relacionados con el Reino nazarí de Granada es la escribanía de taracea del siglo XIV, realizada en un taller granadino. La taracea alcanzó durante la época nazarí un extraordinario desarrollo y convirtió el trabajo de la madera en una auténtica industria del lujo.
Diferentes especies podían combinarse con hueso, marfil, nácar o metal para crear complejas composiciones geométricas. Entre las maderas utilizadas se encontraban el pino, el boj, el madroño y el limonero, además de materiales procedentes del comercio a larga distancia, como el sándalo o el ébano.
La pieza permite comprender hasta qué punto la naturaleza estaba presente incluso en los objetos destinados a la escritura y al conocimiento. La madera no era simplemente una materia prima: sus colores, texturas y características se convertían en parte de la estética del objeto.
La exposición también muestra cómo la observación de la naturaleza impulsó el desarrollo científico de al-Ándalus. La medicina, la farmacología, la agronomía y la botánica alcanzaron un importante desarrollo gracias a la combinación de conocimientos clásicos, orientales y locales.
Entre las figuras más destacadas se encuentra el malagueño Ibn al-Baytar (1197-1248), considerado uno de los grandes botánicos y farmacólogos del mundo medieval. Su obra Compendio de simples medicamentos y alimentos reunió información sobre más de un millar de especies y sus diferentes aplicaciones.
Las plantas podían encontrarse en los jardines domésticos y cultivarse específicamente por sus propiedades medicinales. Raíces, hojas, frutos y cortezas se secaban y trituraban en instrumentos como los almireces o morteros, también presentes en la exposición. La botánica formaba parte, por tanto, de la vida cotidiana, pero también de un sofisticado sistema de conocimiento.
Uno de los aspectos más sugerentes de "Materia viva" es la importancia concedida a los aromas. Rosas, azahar, arrayán, sándalo, alcanfor, mirra o ámbar podían formar parte de la experiencia cotidiana de las sociedades andalusíes. Los perfumes estaban relacionados con la higiene, la medicina, la espiritualidad, la hospitalidad y también con la representación del poder.
El pebetero del siglo XIV, atribuido a talleres nazaríes o mamelucos, constituye un magnífico ejemplo de esta cultura de los aromas. Los espacios palatinos se concebían para estimular todos los sentidos: el sonido del agua, la sombra de los árboles, los colores de las cerámicas y yeserías, el tacto de los materiales y, por supuesto, los perfumes. En la Granada nazarí esta experiencia sensorial alcanzaría una de sus expresiones más refinadas en la Alhambra y el Generalife.
Entre las piezas vinculadas directamente con el universo nazarí destaca el Jarrón de Hornos, realizado en cerámica de reflejo dorado y cobalto en el siglo XIV. La pieza permite acercarse al mundo de los célebres Jarrones de la Alhambra, objetos de lujo que todavía conservan parte de su misterio en cuanto a su función original. Sus formas monumentales, sus asas de aleta y su decoración en reflejo metálico reflejan el refinamiento alcanzado por la cerámica nazarí. La propia decoración incorpora referencias al agua, a la prosperidad, a la felicidad y al poder. En la Alhambra, estos objetos formaban parte de un universo en el que arquitectura, poesía, agua, vegetación y cerámica construían una experiencia estética unitaria.
La relación entre naturaleza y espiritualidad ocupa también un lugar fundamental en la exposición. En la tradición islámica, el jardín aparece asociado a la imagen del Paraíso. El agua que desciende del cielo, los árboles, las flores, las fuentes y los frutos forman parte de un imaginario profundamente arraigado. En al-Ándalus, esta concepción se proyectó sobre los jardines, los patios y los espacios funerarios.
Resulta especialmente interesante que la palabra árabe rawḍa pueda designar tanto un jardín como determinados espacios funerarios. Las llamadas raudas fueron lugares de enterramiento vinculados especialmente a las élites y pudieron incorporar una dimensión ajardinada. La naturaleza se convertía así en símbolo de vida, muerte, memoria y esperanza.
"Materia viva" plantea una reflexión especialmente interesante para quienes nos acercamos al legado de al-Ándalus: su herencia no se encuentra únicamente en monumentos, inscripciones u objetos conservados en vitrinas. También permanece en los paisajes, los cultivos, los sistemas hidráulicos, los jardines, los aromas, las técnicas artesanales y las especies vegetales que todavía forman parte de nuestro entorno.
En el caso del Reino nazarí de Granada, esta continuidad resulta especialmente evidente. La Alhambra y el Generalife no pueden comprenderse únicamente desde su arquitectura. Su esencia reside también en la relación entre piedra y vegetación, entre sombra y luz, entre agua y tierra.
La exposición del MAN invita precisamente a mirar de otra manera ese legado: entendiendo al-Ándalus no como un pasado inmóvil, sino como una cultura cuya huella continúa creciendo, floreciendo y transformándose. Materia viva es, en definitiva, una invitación a descubrir que la historia de al-Ándalus también puede contarse a través de una hoja, una madera, una semilla, una fuente, un perfume o el sonido del agua. Y quizá sea precisamente ahí donde su legado resulta más sorprendente: en aquello que todavía permanece vivo.







Comentarios
Publicar un comentario