Ronda
![]() |
| Conquista de Ronda en la sillería de la Catedral de Toledo |
Durante la época andalusí, Ronda fue mucho más que una ciudad de paso: era el principal núcleo urbano de la Serranía y el centro desde el que se administraba un territorio amplio y estratégico. Cuando los castellanos conquistaron buena parte del valle del Guadalquivir en el siglo XIII, Ronda quedó en primera línea de frontera y pasó a formar parte del Reino Nazarí de Granada, convirtiéndose en uno de sus principales bastiones occidentales. Por más de dos siglos, la ciudad vivió marcada por esa condición fronteriza: fortificaciones, murallas, puertas, torres y sistemas de abastecimiento de agua adquirieron una importancia fundamental.
Así fue Ronda durante el siglo XIV: una ciudad nazarí encaramada sobre la meseta, vigilando el territorio y defendiendo el extremo occidental del reino hasta su conquista por Castilla en 1485. Ronda fue una de las plazas mejor defendidas del Reino nazarí de Granada, al levantarse en lo más alto de una elevada roca. Hacia el levante y el poniente estaba defendida de posibles asaltantes por anchos muros poblados de fuertes e inmensas torres., Mientras que al noroeste se encuentra el Tajo, un cortado escarpado difícil de escalar.
![]() |
| Plano de la medina andalusí (M), fortaleza (F), mezquita (m) y arrabales (arr.) de Ronda (12 ha) por Christine Mazzini-Guintard |
Las murallas de Ronda son mucho más que un simple muro defensivo: forman un sistema complejo y perfectamente adaptado al terreno. Su trazado aprovecha la escarpada orografía de la ciudad, hasta el punto de que la propia roca se convierte en parte de la fortificación. Allí donde era necesario reforzar las zonas más vulnerables se incorporaban torres, albarranas y antemurales, mientras que el recorrido de los muros se adaptaba a las irregularidades del terreno, formando en algunos puntos un trazado en “cremallera”. El recinto amurallado protegía unas 15 hectáreas, en las que se encontraban la ciudad, la antigua Alcazaba y sus dos arrabales. Su perímetro alcanzaba aproximadamente 3,5 kilómetros, una extensión que sitúa a las murallas de Ronda entre los conjuntos fortificados más importantes de la península ibérica.
Las murallas que rodean la medina son en su totalidad de fábrica de mampostería concertada y enripiada, al igual que las torres, casi todas cuadradas, reforzadas en sus ángulos por sillarejo que, como estudió Acién Almansa en su artículo “Los tugur del reino nazarí”, habría que poner en conexión con el programa constructivo emprendido por Mohammed V y que afectaría a gran parte de las fortificaciones de la frontera.
El sistema defensivo de la Ronda andalusí no se limitaba a una única fortaleza. La ciudad se organizaba en torno a varios espacios fortificados —la alcazaba, los arrabales y el albacar— que, conectados entre sí, formaban un complejo dispositivo militar y urbano.
Sobre la peña, en su parte llana, se levantaba el Alcázar, rodeado por un triple muro cuajado de almenas. Alrededor de la Torre del Homenaje de ese Alcázar se distribuían las casas agrupadas al norte y al este constituyendo la medina que se comunicaba con el interior del castillo por pasadizos y minas. Dentro de las murallas había dos arrabales y entre ellos estaba la Torre de las Ochavas. Era el punto más fuerte de todo el sistema defensivo y concentraba buena parte de las construcciones militares destinadas a proteger la ciudad y, especialmente, a controlar los accesos desde el sur. Su emplazamiento, en el extremo meridional de la meseta, permitía dominar visualmente los accesos y reforzar uno de los sectores más vulnerables de la ciudad.
![]() |
| La fortaleza quedó prácticamente destruida a comienzos del siglo XIX, cuando las tropas francesas, durante la Guerra de la Independencia, volaron buena parte de sus estructuras |
En él residía el gobernador o autoridad de la plaza, junto con la guarnición militar. No era, por tanto, únicamente una fortificación: constituía también el centro de poder de la ciudad. Hoy apenas podemos imaginar su aspecto original pero el paisaje urbano actual conserva algunos vestigios, aunque la magnitud que debió alcanzar la alcazaba nazarí resulta difícil de percibir. Los terrenos de la alcazaba fueron adquiridos en 1871 por la Fundación Moctezuma, en 1897 se bendijo la primera piedra del Colegio de los Agustinos, centro de enseñanza que en 1919 pasó a la Congregación Salesiana, llamándose Colegio Salesiano del Sagrado Corazón de Jesus, popularmente “El acastillo”, en alusión a la edificación antes existente en ese lugar. Su fachada respeta la alineación de la alcazaba e incluso el saliente de la entrada principal coincide con la antigua Torre del Homenaje.
La Ronda nazarí puede entenderse así como un sistema defensivo complejo y polinuclear, en el que cada espacio cumplía una función concreta. La alcazaba concentraba el poder militar y político; los arrabales protegían y organizaban los espacios residenciales y productivos; y el albacar contribuía a controlar los accesos y las comunicaciones hacia el río y los molinos.
![]() |
| Las murallas que rodeaban la medina nazarí eran en su totalidad fabricadas en mampostería concertada y enripiada, así como las torres, casi todas cuadradas, reforzadas en sus ángulos con que estaría en conexión con el programa constructivo de Mohammed V y que afectaría a gran parte de las fortificaciones de la frontera |
Esta organización demuestra que las murallas de Ronda no eran simplemente una línea defensiva alrededor de la ciudad. Formaban un auténtico paisaje fortificado, adaptado a una topografía excepcional y pensado para controlar personas, mercancías, caminos y recursos.
A los pies de la alcazaba se extendía el Arrabal Alto, también conocido como barrio del Espíritu Santo. Era un espacio urbano protegido por sus propias murallas, de las que todavía se conservan importantes tramos. Entre sus elementos más destacados se encuentra la Puerta de Almocábar, uno de los accesos históricos de Ronda y una de las grandes puertas monumentales que articulaban la relación entre la ciudad y el territorio exterior. Este arrabal tuvo además una particular continuidad después de la conquista castellana. A diferencia de otros sectores de la Ronda andalusí, no llegó a despoblarse, manteniendo su carácter residencial y urbano.
El Libro de Repartimiento (1486-1491) permite conocer cómo era la Ronda nazarí en sus últimos años. Según este documento, la ciudad contaba con unas 1.000-1.100 viviendas, una cifra considerable si tenemos en cuenta que su superficie apenas alcanzaba las 16 hectáreas. Además, este recuento no incluía los edificios de carácter público, como mezquitas, baños, la alcazaba o los espacios destinados a talleres. La mayoría de las casas eran de dimensiones reducidas y estaban habitadas por familias campesinas. Junto a ellas existían viviendas mucho más amplias y lujosas, especialmente en el interior de la medina.
A pesar de sus diferencias de tamaño, las casas compartían una característica fundamental: se organizaban alrededor de un patio central, verdadero núcleo de la vivienda, al que se abrían las distintas estancias y que servía para articular la comunicación entre ellas. El número y tamaño de las habitaciones dependía, en buena medida, de la posición económica de sus propietarios. Habitualmente, además, las viviendas se orientaban de norte a sur, buscando aprovechar al máximo la iluminación natural.
La medina de Runda contaba con varias puertas. Una de ellas fue la Puerta de Almocábar que se encuentra en el sector meridional y cuyo origen se sitúa en el siglo XIII, durante el periodo de dominio islámico de Ronda. Su nombre procede del árabe al-maqābir (المقابر), que significa “los cementerios”. La denominación está relacionada con su proximidad a la principal necrópolis situada extramuros, siguiendo una práctica habitual en las ciudades islámicas: los cementerios se ubicaban generalmente fuera del recinto urbano.
Almocábar fue una de las puertas principales de acceso a la ciudad. A través de ella se comunicaba el exterior con el denominado Barrio Alto, hoy identificado en buena medida con el entorno del barrio del Espíritu Santo, y desde allí con la medina musulmana. Su ubicación tenía además un importante valor estratégico: permitía controlar uno de los accesos meridionales a Ronda y establecer una conexión entre la ciudad fortificada y los caminos que discurrían por el territorio circundante.
![]() |
| Tras la conquista de Ronda por los Reyes Católicos, las murallas y sus puertas continuaron teniendo importancia dentro de la estructura urbana |
En la ladera oriental de la ciudad se desarrolló otro amplio espacio urbano: el Arrabal Bajo o de San Miguel. Este barrio se encontraba igualmente protegido por las murallas y se extendía desde el sector meridional hasta las proximidades del Tajo. Su posición y sus conexiones con las diferentes zonas de la ciudad favorecieron el desarrollo de actividades económicas y artesanales. Aquí se concentraban algunos de los oficios fundamentales para la vida cotidiana de la Ronda andalusí, entre ellos las curtidurías y las alfarerías. Era, por tanto, un espacio donde la actividad productiva tenía un peso especialmente importante. Sin embargo, su historia posterior fue muy diferente a la del Arrabal Alto. Tras la conquista castellana, el Arrabal de San Miguel prácticamente se despobló, dejando atrás buena parte de la intensa actividad que había caracterizado este sector durante la época andalusí.
![]() |
| Arrabal Bajo o Barrio de San Miguel en Ronda |
En la vertiente occidental de Ronda encontramos otro elemento fundamental del sistema defensivo: el Albacar. Con este nombre se conoce un amplio espacio cercado y, aparentemente, sin una ocupación urbana permanente. Se encontraba delimitado por las Puertas del Viento, al sur, y el Arco del Cristo o Puerta de los Molinos, al norte. Su función parece haber estado estrechamente relacionada con la protección del camino que descendía desde la ciudad hacia el río Guadalevín. Allí se encontraban los molinos harineros, esenciales para el abastecimiento de la población. Las murallas de tapial que protegían este sector no defendían, por tanto, únicamente un espacio vacío. Su presencia permitía controlar un importante recorrido y garantizar la seguridad de las comunicaciones entre la ciudad fortificada y las instalaciones situadas junto al río.
![]() |
| Esta iglesia se consagró bajo la advocación del Espíritu Santo por haber sido tomada la ciudad el día de Pentecostés de 1485, siendo acabada en un estilo híbrido gótico-renacentista en 1505 |
Con un puente que unía la parte alta y baja de la ciudad, así como un acueducto, Ronda contaba innumerables mezquitas, cementerio y muchas suntuosas mansiones que emulaban la belleza de la Alhambra con raudas, fuentes y tarbeas dando un aire señorial a la ciudad.
![]() |
| En el Museo de Ronda (Palacio de Mondragón), se conserva este fragmento de un arco de yeso del siglo XIV decorado con mocárabes, procedente de Ronda |
El Libro de Repartimiento menciona numerosas mezquitas y oratorios en los distintos barrios de Ronda. La más importante era la mezquita aljama (hoy iglesia de Santa María la Mayor), donde se celebraban las oraciones del viernes, día sagrado del islam. Además de su función religiosa, cumplía un papel educativo, ya que en sus instalaciones se enseñaba el Coran.
Algunas antiguas mezquitas y oratorios han dejado huella en la ciudad actual, ya sea por su orientación o po restos arquitectónicos. Entre ellos destacan:
- El Alminar de San Sebastián.
- El mihrãb de la aljama, conservado en Santa María la Mayor, cuya planta se ajusta a la disposición original de la mezquita principal.
- Qubba de Santa María.
![]() |
| Fragmento de jamba con motivos epigráficos, vegetales y geométricos conservado en el Museo Arqueológico de Málaga, de yeso moldeado con policromía del siglo XIV procedente de Ronda |
El arte nazarí alcanzó su máxima expresión también fuera de Granada, como en la mezquita de Ronda, donde la rica decoración andalusí disimulaba la sencillez de materiales como el ladrillo y el yeso, combinados con columnas de mármol y capiteles de doble cuerpo.
La muralla rodeaba la antigua medina aprovechando de manera extraordinaria las condiciones naturales del terreno. Los profundos desniveles y barrancos de Ronda constituían una defensa natural que se complementaba con las fortificaciones. Junto a Almocábar, otros accesos y sectores de muralla —como la Puerta de la Cijara o la Puerta de los Molinos— permiten todavía reconocer parte de la compleja organización defensiva medieval.
De todo el perímetro murado de la medina rondeña, solo en su lado oriental presenta un refuerzo debido al escalonamiento del terreno, en el que se abriría la puerta de la Cijara, que originalmente tendría planta en recodo, sirviendo de paso desde el arrabal viejo a la medina. Desde este punto y dirección norte según escalonamiento visible hoy, la cerca con diferentes torres enlaza con la mina, destacando dos torres que sería. vitales para asegurar su defensa: una protegiendo el manantial de agua en el inicio del tajo, y otra en el borde del precio protegiendo el camino que desde el finde de este permitía alcanzar la ciudad.
La muralla continúa en dirección opuesta hasta alcanzar la desaparecida Puerta de las Imágenes, una torre-puerta que permitía acceder a la medina desde el sur. Este acceso quedaba además protegido por un espacio excavado que funcionaba como un foso, sin salida. En el lado occidental, la propia naturaleza del terreno hacía gran parte del trabajo defensivo. El enorme precipicio dificultaba cualquier intento de asalto, por lo que solo fue necesario levantar muros en aquellos puntos donde las grietas de la roca podían facilitar una posible escalada. Más adelante, cuando la pendiente se hacía más suave, la muralla volvía a cerrar el recinto mediante un largo tramo continuo hasta llegar a la llamada caldera. Allí se encontraba la puerta que comunicaba la ciudad con la zona de los molinos, completando así una imagen prácticamente inexpugnable del recinto.
![]() |
| Vista del tajo de Ronda |
En el extremo más meridional se levantaba la Alcazaba, situada estratégicamente sobre un espolón rocoso desde el que se dominaban los principales accesos a la ciudad. El único sector que quedaba fuera de su control directo era el occidental, algo que se solucionó mediante la construcción de una torre albarrana, destinada a vigilar la zona del albacar. Aunque la Alcazaba ha desaparecido, sabemos que tenía una planta irregular, adaptada a la forma del terreno, y estaba protegida por ocho torres rectangulares. La torre del homenaje ocupaba el extremo norte. En su interior también se han documentado dos aljibes, fundamentales para garantizar el abastecimiento de agua durante un posible asedio. La fortificación contaba además con un recinto inferior protegido por una barbacana, especialmente en su sector sureste. Este espacio concentraba el principal acceso desde el exterior. En él se situaría probablemente la conocida en las fuentes como Torre de las Ochavas, encargada de controlar la desaparecida Puerta de las Imágenes, así como la Puerta de los Esparteros, que comunicaba los dos arrabales.
El sistema defensivo se completaba con el Albacar, un espacio fortificado cuya función -como señaló Torres Balbás- era proteger los molinos del Tajo, fundamentales para garantizar el abastecimiento de harina, y controlar también el camino que comunicaba la ciudad con ellos. Construido en tapial, el Albacar no contaba con torres propiamente dichas. Sin embargo, sus muros avanzaban formando pequeños ángulos o redientes, creando un efecto defensivo similar al de las torres salientes y permitiendo controlar mejor el terreno. El recinto terminaba en la llamada Puerta del Viento. En este sector se encontraban dos accesos directos: la Puerta de los Molinos o Arco del Cristo y la Puerta del Viento, que por sus características constructivas, ambas parecen corresponder a finales del siglo XIII o comienzos del XIV. La Puerta de los Molinos destaca por estar formada por tres arcos de herradura. Delante de ella existía además un espacio abierto que facilitaba su defensa: desde el adarve, los defensores podían vigilar y proteger el acceso en caso de ataque.
![]() |
| Todo el conjunto nos muestra cómo la ciudad aprovechó al máximo el relieve: rocas, precipicios, torres, murallas y puertas formaban un sistema defensivo perfectamente integrado en el paisaje |
La situación de Ronda como ciudad de frontera hizo que su importancia fuera mucho más allá de lo militar. Su posición entre el mundo castellano y el nazarí la convirtió también en un lugar de intercambio económico y cultural. Durante los periodos de tregua, la frontera dejaba de ser únicamente una línea de enfrentamiento y se transformaba en un espacio de contacto. A través de determinados pasos, como los de Zahara, Teba y Priego, se permitía el comercio entre ambos territorios, especialmente de productos tan esenciales como el ganado y el cereal.
Estos intercambios estaban sometidos al control de las autoridades militares de ambos bandos. En el territorio castellano, buena parte de la defensa y organización de la frontera quedó en manos de las órdenes militares. En el lado nazarí, por su parte, se estableció una red de ciudades, castillos y atalayas destinados a vigilar y controlar el territorio.
Algunas de estas plazas, entre ellas Ronda, Guadix, Baza, Almería y Málaga, gozaron de una cierta autonomía, quedando buena parte de su gestión en manos de sus propios gobernadores. Así, la frontera nazarí no fue un espacio de guerra permanente: también fue un lugar de encuentros, comercio, circulación de personas y contacto entre dos mundos.
Las gentes de Ronda eran duros en el trato y combativos, fruto del trabajo en el campo y las guerras por aquellas montañas. Los hombres eran valientes y fieros, formidables ballesteros, ejercitándose desde niños. La fama de la belleza de sus mujeres era conocida por acostumbrar a salir a la calle sin velo, a diferencia de la costumbre imperante en otras ciudades y aldeas del reino nazarí. Tenían una elegancia al andar imposible de ver en otros lugares, cubriendo sus piernas con calzas de vistosos colores.
La vida de la ciudad se sostenía, en buena medida, gracias a sus propios vecinos. La sociedad nazarí estaba organizada alrededor de la familia y de los vínculos de parentesco. Aunque se trataba de una estructura familiar de carácter agnático, es decir, en la que tenía especial importancia la línea masculina, la legislación islámica reconocía a las mujeres el derecho a heredar: una hija podía recibir la mitad de lo que correspondía a un hijo varón. En los últimos años del reino nazarí, además, en la Serranía de Ronda era habitual el matrimonio entre primos, especialmente con la hija del tío paterno.
En la Ronda nazarí, la religión tenía un papel fundamental: era uno de los principales elementos que mantenían unida a la sociedad y reforzaban la obediencia al poder del sultán. Aunque la mayoría de la población era musulmana, sabemos que también hubo una comunidad judía. Como ocurría en otras ciudades de al-Andalus, su presencia estaba muy vinculada a la actividad comercial. Las autoridades les imponían algunas normas, como determinadas formas de vestir o la residencia en barrios concretos. Tradicionalmente, en Ronda se ha situado esta comunidad en el arrabal Viejo o de San Miguel, aunque hasta ahora la arqueología no ha podido confirmarlo. La principal evidencia son dos estelas funerarias encontradas fuera de contexto en las que aparece la estrella de David.
La población estaba sometida a distintos impuestos. Entre los establecidos por la ley islámica estaban la zakat, o limosna obligatoria, y el diezmo. A ellos se sumaban otros tributos, como la al-fitra para los musulmanes y la yizya para los judíos, además de impuestos relacionados con el ganado, las aduanas y otras actividades. La recaudación dependía directamente de los enviados del poder real, lo que dejaba poco margen para la intervención de las autoridades locales.
También existían importantes bienes comunitarios. Junto al tesoro público y las propiedades privadas, la comunidad musulmana disponía de bienes tanto urbanos como rurales, incluidos los llamados bienes de manos muertas, destinados principalmente a mantener las mezquitas y ayudar a las personas más necesitadas.
Todo ello configuraba una sociedad bastante desigual. En la parte superior se encontraban los linajes y familias más poderosos; por debajo, pequeños propietarios que en ocasiones apenas podían hacer frente a la carga fiscal; y, formando la mayoría, una población humilde y con pocos recursos.
A esta sociedad se sumaban quienes vivían ligados a la frontera y al ejército. Entre ellos encontramos también castellanos que, cautivos o libres, abandonaron el cristianismo y se incorporaron al mundo nazarí. Algunos llegaron incluso a ocupar puestos relevantes en la corte o en el ejército. Eran los llamados renegados, elches o tornadizos, personas que cambiaron de religión y que terminaron formando parte de una sociedad nazarí mucho más diversa de lo que a veces imaginamos.
En el reino nazarí, buena parte de la vida cotidiana de las ciudades estaba en manos de sus representantes locales: alcaides, cadíes, alguaciles y alfaquíes. Cada uno tenía una función diferente, aunque todos debían actuar de acuerdo con la saría, la ley islámica. El alcaide era, ante todo, una figura militar. Vivía en la zona residencial de las fortalezas junto a su guarnición y se ocupaba también de la recaudación de impuestos. En las zonas fronterizas, además, tenía responsabilidades relacionadas con el control del ganado y la organización de las dehesas.
El cadí era el representante del sultán en asuntos administrativos y religiosos. Su autoridad se extendía sobre un amplio territorio y entre sus funciones estaba resolver conflictos tanto civiles como penales. En lugares como Ronda, el cargo llegó a transmitirse de padres a hijos, como ocurrió con la familia Banu al-Hakim, aunque esta práctica no se ajustaba estrictamente a la normativa.
El alfaquí era el especialista en derecho islámico, aunque su actividad estaba muy vinculada al ámbito religioso. Por su parte, el alguacil desempeñaba sobre todo funciones de carácter político y de gobierno.
En definitiva, detrás de las murallas y los grandes acontecimientos políticos había toda una red de autoridades que organizaba la vida diaria de las ciudades nazaríes.
La economía de Ronda estaba estrechamente ligada a su entorno. La riqueza de sus tierras hizo que la ciudad se convirtiera en uno de los principales graneros de la comarca, con el trigo y la cebada como cultivos fundamentales. La agricultura de secano ocupaba más superficie que la de regadío, condicionada por la disponibilidad limitada de agua. Las tierras se aprovechaban en función de las necesidades de cada año, buscando sacar el máximo partido a los recursos disponibles. Se cultivaban la vid y el olivo, aunque su producción no siempre era suficiente para cubrir las necesidades locales. Los árboles frutales tenían también un papel importante en la vida cotidiana. Manzanos, membrillos, higueras, nogales, limoneros y naranjos se plantaban incluso en los límites de las parcelas y ayudaban a proteger el suelo frente a la erosión. No eran solo una fuente de alimento: formaban parte de la economía doméstica de muchas familias. La tierra podía ser heredada, comprada o recibida mediante matrimonio. Pero también existían terrenos comunales, utilizados por los vecinos para obtener leña y alimentar a sus animales. Algo parecido ocurría con el agua: fuentes y acequias eran recursos compartidos esenciales para la vida de la comunidad.
La ganadería era otro de los pilares económicos de la comarca. Los abundantes pastos permitían mantener los rebaños y favorecían incluso la trashumancia. Buena parte de estos espacios eran de uso comunal, aunque las dehesas pertenecían al poder real. Además de proporcionar carne y otros productos, el ganado aportaba un recurso imprescindible para la agricultura: el estiércol utilizado como abono. La ganadería, especialmente de cabras y ovejas, tuvo un papel destacado. Los pastores aprovechaban cuevas y abrigos rocosos como pequeños refugios e instalaciones para el ganado. La agricultura se dividía entre los cultivos de secano —olivo, vid y cereales— y el regadío, más concentrado en los valles y zonas próximas a los cursos de agua.
Junto a estas actividades, se desarrollaron otros oficios vinculados a los recursos del territorio. La arcilla local alimentó la producción alfarera, mientras que la minería proporcionó los metales necesarios para una importante actividad metalúrgica. Así, el paisaje de la Serranía no solo condicionaba la forma de vida, sino también buena parte de la economía de sus habitantes.
También se producía seda, una actividad muy importante en el reino nazarí por la producción de la materia prima y, sobre todo, por la elaboración de tejidos. Sin embargo, la seda de Ronda no gozaba de gran prestigio y, según Ibn al-Jatib, era de las que alcanzaban un precio más bajo, junto con la procedente de Marbella.
Otro recurso especialmente interesante era la sal, cuya explotación está documentada en distintos puntos de la comarca, como Ventas Nuevas, en el entorno del arroyo de Montecorto hacia Zahara, y el Cerro de las Salinas. En este último lugar existió además una torre situada en un punto elevado, que habría tenido una doble función: vigilar el territorio y controlar la explotación de la sal, además de posiblemente supervisar las minas de hierro cercanas.
![]() |
| La economía se completaba con la caza y con productos que podían obtenerse sin pagar impuestos, como plantas medicinales, bellotas y miel. |
Por su posición, Ronda actuaba como cabecera de toda la comarca, un papel que ha mantenido hasta nuestros días. La ciudad concentraba buena parte de la actividad comercial gracias a sus alhóndigas, tiendas y al zoco semanal, donde se intercambiaban los productos procedentes de las tierras de alrededor. Los excedentes podían salir incluso fuera de la comarca y llegar al comercio marítimo, especialmente a través de mercaderes italianos.
La ciudad contaba además con barrios especializados en actividades artesanales. En el antiguo arrabal de San Miguel, por ejemplo, se han documentado una tenería y una alfarería, junto a otras actividades como la fabricación de calzado o el trabajo de las herrerías. Así podemos imaginar la Ronda nazarí como una ciudad muy activa: campos que producían alimentos, pastores recorriendo los montes, artesanos trabajando en sus talleres y comerciantes llevando los productos de la comarca mucho más allá de sus murallas.
El siglo XV la sitúa del Reino de Granada se complica: mientras que en Granada las disputas entre las principales familias debilitaban el poder del sultán, Castilla tiene el firme su objetivo de acabar con el último reino musulmán de la península,. A esto se sumaba la falta de una ayuda exterior realmente efectiva por parte de los meriníes, los poderes norteafricanos, los turcos o Egipto. Poco a poco, el reino fue quedando aislado y cada vez más vulnerable.
En los primeros años del siglo las intrigas políticas fueron constantes. En 1419, Mohammed XI llegó al trono con el respaldo de los dirigentes de Ronda, que tradicionalmente habían apoyado su posición frente a Mohammed “el Pequeño”. En Ronda, el poder local había estado durante siglos en manos de los Banū l-Hakīm, una poderosa familia que mantendría su influencia hasta la conquista castellana.
Mientras tanto, Castilla iba estrechando el cerco. Entre 1407 y 1410 se produjeron diversas campañas en los alrededores de Ronda. Los castellanos conquistaron Zahara y Pruna y ocuparon otros lugares de la Serranía, aunque fracasaron ante Setenil. La presión militar obligaba a Granada a aceptar treguas, pagar importantes cantidades de dinero y asumir la marcha de parte de su población. Todo ello iba debilitando poco a poco la economía del reino. En 1430 llegó una de las primeras grandes oportunidades para intentar conquistar Ronda. Juan Ramírez de Guzmán, comendador mayor de Calatrava, y Pedro Narváez partieron desde Igualeja con la intención de recorrer y devastar la comarca y, si las circunstancias lo permitían, hacerse con la ciudad. Pero la campaña terminó en desastre: los castellanos sufrieron una importante derrota en Igualeja frente a las fuerzas de la Serranía. Este episodio resulta especialmente interesante porque muestra cómo, en aquellos años, la defensa del territorio dependía muchas veces más de los poderes locales que de un ejército organizado por el propio reino. La debilidad del poder central hacía que cada caudillo tuviera que defender su territorio con sus propios hombres y recursos. A pesar de la derrota, Álvarez de Toledo llegó a acampar en las proximidades de Ronda y trató de conocer de cerca la capacidad defensiva de la ciudad. La división política y la falta de una autoridad capaz de coordinar todos los esfuerzos estaban pasando factura al Reino de Granada.
![]() |
| En el Museo de Ronda, el armamento medieval nos acerca a la guerra y a la defensa de la ciudad: un proyectil de culebrina y una punta de flecha de hierro del siglo XV, ambos procedentes de Ronda |
El historiador al-Maqqarī lo explicaría años después de una manera muy clara: las divisiones internas entre los musulmanes facilitaron enormemente el avance de los cristianos. No era solamente una cuestión de fuerza militar; las luchas internas habían debilitado al reino desde dentro. Un buen ejemplo ocurrió en 1432. Tras la caída de Mohammed “el Zurdo” y la proclamación de Yusuf IV, que había llegado al poder con apoyo castellano, Málaga y la Serranía de Ronda se negaron a reconocer al nuevo sultán y permanecieron fieles al monarca depuesto. El nuevo poder granadino fue incapaz de controlar realmente estos territorios. En Ronda, la situación quedó especialmente clara cuando Abu l-Hasan Alí, una de las principales autoridades de la ciudad, decidió no acudir en ayuda del monarca granadino. Poco después, ante un intento de ataque contra Málaga, su ausencia dejó a Ronda en una posición muy vulnerable y la ciudad terminó rindiéndose en muy poco tiempo.
A pesar de todos estos conflictos, la Ronda nazarí había llegado al siglo XV con su estructura urbana prácticamente consolidada. Los barrios, las viviendas y los principales espacios de poder, tanto públicos como privados, mantuvieron en buena medida su organización hasta la conquista. Los cambios más importantes se concentraron en las defensas, cada vez más necesarias ante el aumento de los ataques castellanos.
Y en medio de este escenario se sucedieron nuevos episodios de guerra. Uno de ellos fue la toma por sorpresa de Zahara por los rondeños, un acontecimiento que la historiografía tradicional ha considerado como uno de los hechos que marcaron el comienzo de la última etapa de la conquista castellana de al-Andalus. Ronda, situada en un territorio fronterizo y estratégico, se convirtió así en uno de los escenarios fundamentales de aquella larga guerra que terminaría, pocas décadas después, con la desaparición del Reino nazarí de Granada.
Cuando Ronda capitula se entregaron tras de ella todas las poblaciones de la serranía. Inmediatamente la Corona procederá a la repoblación de la zona con elementos cristianos, despojando a Ronda de la población musulmana, permitiendo en cambio a esta, la permanencia en el resto de la serranía. La población mudéjar vivirá bajo control cristiano mediante guarniciones militares en las principales fortalezas de los distritos rurales de: Gaucín, Casares, Montejaque y Cortes.
Hoy, muchos de los edificios nazaríes han desaparecido, pero las murallas, puertas, torres y caminos que todavía sobreviven permiten reconstruir, al menos parcialmente, la imagen de aquella Ronda andalusí que durante siglos formó parte del sistema defensivo del reino nazarí de Granada.






























Comentarios
Publicar un comentario