El perfume de la corte nazarí: un pebetero del siglo XIV
Entre los objetos que permiten acercarnos a la vida cotidiana y ceremonial de las cortes islámicas medievales hay algunos especialmente sugerentes. No solo fueron concebidos para ser contemplados, sino también para despertar los sentidos. Este pebetero esférico de bronce y plata del siglo XIV, conservado en el Museo Arqueológico Nacional (sala 11, vitrina 23.18), es uno de ellos.
Su aspecto resulta tan llamativo como la función para la que fue creado. Se trata de un recipiente destinado a quemar sustancias aromáticas y perfumar o sahumar los espacios, una práctica profundamente arraigada en el mundo islámico medieval.
En al-Andalus, como en otros territorios del mundo islámico, los aromas tenían una importancia que iba mucho más allá del placer olfativo. Se relacionaban con la higiene, la salud, la espiritualidad, el prestigio y la riqueza. Los tratados científicos, la poesía y las crónicas de la época muestran hasta qué punto los perfumes y las sustancias aromáticas formaban parte de la cultura de las élites. Se utilizaban perfumes líquidos y aceites, pero también sahumerios que impregnaban de fragancia las estancias, los tejidos y las propias personas.
En el contexto del Reino Nazarí de Granada, estos aromas debieron formar parte de la sofisticada vida de la corte. En los palacios de la Alhambra, donde el agua, la vegetación, la arquitectura y la luz fueron cuidadosamente combinados para crear una experiencia sensorial, el perfume constituía otro elemento capaz de transformar un espacio.
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| El interior de la esfera metálica contiene un mecanismo que permite desplazarse con el pebetero por cualquier estancia mientras se liberaba lentamente el humo perfumado de las sustancias que contenía |
No sabemos qué sustancias concretas se quemaron en este ejemplar ni podemos afirmar que perteneciera a la corte nazarí, pues el propio museo contempla una procedencia de talleres nazaríes o mamelucos. Sin embargo, su cronología —el siglo XIV— coincide con una de las etapas de mayor esplendor del Reino Nazarí de Granada.
Las sustancias utilizadas para estos sahumerios podían proceder de lugares muy alejados de Granada. El olíbano y la mirra, por ejemplo, llegaban desde regiones de la península arábiga y del Cuerno de África. También podían emplearse otras resinas, como la sandáraca, o la resina del enebro. Algunas de estas sustancias tenían además usos relacionados con la medicina y la higiene ambiental: se utilizaban para perfumar lugares sagrados, fumigar espacios y contribuir a sanear determinados ambientes.
Su procedencia lejana y las dificultades de los viajes comerciales explican que alcanzaran precios extraordinarios. Algunas materias aromáticas podían llegar a tener un valor comparable al del oro. Por ello, el perfume era también una manifestación de poder.
En las cortes medievales, aquello que era raro, costoso y difícil de conseguir podía convertirse en una poderosa herramienta de representación social. Los perfumes y las sustancias aromáticas se almacenaban en recipientes especialmente elaborados y se utilizaban en contextos ceremoniales. Los propios recipientes adquirieron un importante valor artístico y simbólico.
Junto a ellos, los pebeteros y sahumadores llegaron a formar parte de las dádivas diplomáticas, regalos destinados a demostrar la riqueza, la sofisticación y la capacidad económica de quien los ofrecía.
En este sentido, un objeto como el pebetero del Museo Arqueológico Nacional no debe contemplarse únicamente como un utensilio destinado a quemar incienso. Es también un testimonio de las redes comerciales que conectaban Granada con territorios muy alejados, de la importancia de los aromas en la sociedad islámica y de la sofisticación alcanzada por las artes suntuarias medievales.
Al contemplarlo podemos imaginar aquellos espacios palatinos donde la arquitectura no se experimentaba únicamente con la mirada. El sonido del agua, la sombra, la vegetación, la luz, los tejidos y los perfumes contribuían conjuntamente a crear una atmósfera destinada a impresionar los sentidos. Quizá ahí reside una de las mayores fascinaciones de este pequeño objeto: hoy podemos contemplar su forma, pero su verdadera función solo podemos reconstruirla imaginando el aroma que alguna vez llenó una estancia medieval.
Y entre las paredes de la Alhambra, aquel perfume no era simplemente una fragancia. Era también una expresión de lujo, espiritualidad, conocimiento y poder.




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