El Rabad Zacayat Albacery

El Rabad Zacayat Albacery, hoy casi olvidado,
queda en el recuerdo en el nombre de
la calle de la Azacaya

Granada no solo se recorre con los pies: también se camina con la memoria. Bajo el trazado actual de la ciudad pervive el eco de antiguos arrabales nazaríes, barrios que fueron corazón palpitante de la vida urbana andalusí y cuyo recuerdo, aunque fragmentado, sigue aflorando en nombres, leyendas y vestigios. Uno de ellos es el Rabad Zacayat Albacery, un arrabal hoy casi olvidado, pero cuya huella permanece en la calle de la Azacaya.

Este rabad formó parte del entramado urbano de la Granada nazarí, un espacio donde se entrelazaban la vida cotidiana, la espiritualidad y una particular concepción del mundo natural y subterráneo. A él estuvieron ligados algunos de los enclaves más fascinantes y enigmáticos de la ciudad medieval.

Entre los elementos más célebres asociados al Rabad Zacayat Albacery se encontraba el pozo Airón, famoso desde antiguo y aún abierto —no cegado— en el siglo XVII. Más allá de su función hidráulica, el pozo estaba rodeado de un aura casi mítica. Según la tradición, los moros lo excavaron no solo para extraer agua, sino también para dar salida al aire encerrado en las profundidades de la tierra, convencidos de que así se evitaban los temblores de tierra.

Esta creencia revela una cosmovisión en la que el subsuelo estaba vivo, respiraba, y debía ser aliviado de presiones invisibles. Pozos, galerías y aljibes no eran simples infraestructuras: eran también mediadores entre la superficie habitada y las fuerzas ocultas del planeta.

En este mismo arrabal se alzaba la Mezquita de la Casa de la Vida, conocida en árabe como Jima Dar-aaix, un nombre cargado de simbolismo. No se trataba solo de un lugar de oración, sino de un espacio vinculado al conocimiento, al cuidado y al sentido profundo de la existencia. Tras la conquista cristiana, el edificio desapareció, y sobre su solar se levantó la actual iglesia de Santiago, ejemplo claro de cómo la Granada posterior se fue construyendo, capa a capa, sobre la ciudad islámica anterior. Bajo los muros cristianos, la memoria de la mezquita sigue latiendo, silenciosa.

Como no podía ser de otra manera en un arrabal nazarí, el aljibe desempeñó un papel esencial. Renombrado en su tiempo, garantizaba el abastecimiento de agua y estructuraba la vida del barrio. En torno a él se organizaban los ritmos diarios, los encuentros vecinales y la supervivencia misma del rabad.

Hoy, del Rabad Zacayat Albacery apenas quedan referencias dispersas: un nombre de calle, menciones en documentos antiguos, leyendas transmitidas de generación en generación. Sin embargo, su historia nos recuerda que Granada es una ciudad construida sobre otras ciudades, y que bajo el asfalto y la piedra moderna aún respira la Granada nazarí.

Escuchar esos ecos —los del pozo Airón, la mezquita perdida, el aljibe olvidado— es una forma de reconciliarnos con el pasado y de entender que la ciudad, como la tierra que la sostiene, tiene memoria.

Comentarios

Entradas populares

El legado nazarí por el mundo