La leyenda del arquitecto de los Alixares
“¿Qué castillos son aquellos?
¡Altos son y relucían!”
Así comienza uno de los diálogos más hermosos del romancero fronterizo. En el célebre Romance de Abenámar, el rey don Juan contempla Granada y pregunta por sus maravillas. Abenámar responde:
“El Alhambra eran, señor,
y la otra la Mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.”
En algunas versiones, el desenlace es sobrecogedor:
“Desque los tuvo labrados
el rey le quitó la vida,
porque no labre otras tales
al rey de la Andalucía.”
Aquí late una de las leyendas más universales de la arquitectura: la del maestro asesinado para que no repita su obra. Los Alixares —palacios hoy desaparecidos del entorno de la Alhambra— eran celebrados por su esplendor. En el romance, su constructor es recompensado con riquezas fabulosas: cien doblas diarias. Pero su talento despierta un temor mayor que la envidia: el miedo a que la perfección se repita.
La ejecución del alarife no es solo un gesto cruel; es la afirmación de un poder que desea eternizar la exclusividad de la belleza. El palacio debe ser único. Y si la unicidad exige sangre, así será.
Pero este tipo de historia no es original de Granada. Como estudió magistralmente María Jesús Rubiera en La arquitectura en la literatura árabe (Hiperión, 1981), el romance adapta una antigua leyenda árabe ambientada en el reino de los lajmíes, tribus árabes preislámicas vinculadas al Imperio persa entre los siglos IV y V.
El protagonista es un arquitecto bizantino llamado Sinimmar, constructor de un palacio maravilloso para el rey lajmí Al-Nu’man I ibn Imru’ al-Qays.
Cuando el palacio estuvo terminado, el rey, maravillado ante la vista del río y la tierra poblada de vida, exclamó que jamás había contemplado obra semejante. Entonces Sinimmar cometió un error fatal: reveló que existía un ladrillo secreto cuya retirada provocaría el derrumbe total del edificio.
—¿Lo sabe alguien más que tú? —preguntó el rey.
—No, solo yo —respondió el arquitecto.
Acto seguido, el monarca ordenó arrojarlo desde lo alto del palacio. El creador quedó hecho pedazos a los pies de su obra perfecta.
La estructura de este relato es constante en distintas tradiciones: un arquitecto extraordinario, un palacio sin igual, un secreto técnico, un rey temeroso de perder la exclusividad, una ejecución ejemplar.
La leyenda habla del miedo del poder ante el conocimiento. El arquitecto no muere por su obra, sino por lo que sabe. El saber técnico —el “ladrillo oculto”— es más peligroso que la propia construcción.
En el Romance de Abenámar, el motivo se adapta al contexto fronterizo castellano-nazarí. El alarife de los Alixares es ejecutado “para que no labrara otros tales al rey de Andalucía”. La amenaza no es ya el secreto estructural, sino la posibilidad de que otro soberano posea una belleza comparable.
Estas historias revelan una concepción antigua del arte como patrimonio exclusivo del soberano. El arquitecto no es un creador autónomo, sino un servidor cuyo talento pertenece al rey.
El mito también encierra una advertencia: la perfección tiene un precio. La belleza absoluta exige sacrificio. Y el conocimiento, cuando se concentra en una sola persona, puede convertirse en motivo de condena.
Quizá por eso la figura de Sinimmar —y la del alarife de los Alixares— siguen fascinándonos. Representan al genio creador frente al poder que lo teme. Son mártires de la arquitectura, víctimas de su propio talento.
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| Hipotética reconstrucción del Palacio de Alixares |
Cuando hoy contemplamos la Alhambra, recordamos que más allá de su historia documentada, la rodea una densa niebla de leyendas. Entre ellas, la del arquitecto asesinado resuena como un eco antiguo que viajó desde Oriente hasta el romancero castellano.
Tal vez nunca existió Sinimmar. Tal vez el alarife de los Alixares no fue arrojado desde ninguna torre. Pero la leyenda sigue en pie, como los palacios que describe: alta, reluciente y labrada a maravilla



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