Baluarte de la Mezquita: la gran atalaya artillera de la Granada nazarí tardía

El baluarte artillero de la Mezquita de cabe
Darro, construido en 1492 por los Reyes Católicos
bajo Ramiro López, muestra una escarpa exterior
con forma similar a la de los baluartes
de Bivalfarax y Siete Suelos

Desde la plataforma superior del baluarte
artillero de la Alcazaba se domina toda
la ciudad de Granada

En el extremo más occidental de la Alhambra, como la proa de un barco que se asoma a la ciudad, se levanta —hoy en estado fragmentario— el Baluarte de la Mezquita, una de las obras defensivas más ambiciosas construidas en el recinto alhambreño tras la conquista cristiana. Su historia, marcada por la artillería, la transformación del paisaje y la destrucción bélica, lo convierte en una pieza clave para comprender la Granada nazarí en su tránsito a la Edad Moderna.

Al sur de la Torre de la Vela se extiende un amplio espacio protegido por un baluarte artillero construido tras la Conquista para defender el espolón de la Alhambra. Desde allí parte una muralla que conecta con la Puerta de las Granadas y, más al sur, con Torres Bermejas, utilizadas como atalayas y prisión militar. Esta puerta sustituyó a una anterior nazarí y garantizaba el control del camino de ronda y la conexión defensiva entre la Alhambra y Torres Bermejas a través de la actual Cuesta de Gomérez.

El baluarte de la Mezquita dominaba 
estratégicamente el centro histórico 
de la ciudad

El baluarte fue iniciado por los Reyes Católicos en marzo de 1492, pocos meses después de la toma de Granada. Conocido originalmente como baluarte de la Mezquita de cabe Darro, recibió con el tiempo otros nombres que reflejan su función militar: baluarte de la torre de la Campana, batería baja de la Alcazaba, plaza de armas baja o plaza de la artillería. En época de Carlos V se le llamaba significativamente “el baluarte que cae sobre la ciudad”.


Escarpa meridional del baluarte de la
Mezquita de cabe Darro

Desde su amplia plataforma superior se dominaban barrios estratégicos y potencialmente conflictivos como Axares, la Alcazaba Cadima y amplias zonas del casco urbano. No solo servía para la defensa, sino también para alardes artilleros, reafirmando visual y sonoramente el poder sobre la ciudad recién conquistada y sobre la población mudéjar —y más tarde morisca—.

En primer plano, la ruina del baluarte artillero de
la Mezquita de cabe Darro, proa del barco
alhambreño, mientras que en segundo plano,
las torres Bermejas restauradas recientemente 

A lo largo de los siglos, el baluarte fue objeto de múltiples reparaciones, documentadas al menos en 1596 y 1858, aunque su transformación más profunda tuvo lugar en el siglo XVII. En 1633 se creó al sur de la Alcazaba el jardín del Adarve Nuevo, y pocos años después, en 1639, se amplió el espacio ajardinado con un nuevo parque construido sobre la propia plataforma artillera del baluarte, justo debajo de la torre de la Vela.

Este nuevo espacio verde, conocido como el jardín de los Revellines, se asomaba al espectacular despeñadero de las Tejas, sobre el río Darro. En 1642 fue embellecido con una fuente de mármol blanco, obra del maestro Diego de Landeras, y a comienzos del siglo XVIII su suelo se cubría con mostagueras de junco para proteger las bóvedas artilleras de la humedad.

El baluarte se adapta perfectamente al terreno, manteniendo un muro perimetral curvo que enlaza la torre de los Hidalgos con el antiguo adarve de las Torres Bermejas. Su aspecto exterior recuerda mucho al de Siete Suelos, tanto por la forma como por los materiales empleados: tapial de arena, guijarros, cal grasa y ladrillo en las troneras.

El baluarte de la Mezuita de cabe Darro se eleva sobre
la ciudad de Granada controlando la mayor parte de su
centro histórico 

Conserva varias troneras frontales, algunas hoy sin su marco de piedra, que permitían a los artilleros manejar los tiros desde el interior. La parte superior del frente fue rehecha tras perder sus merlones originales y se protegió con un paramento de piedra de Alfacar, del que aún quedan restos visibles.

El acceso al interior se realizaba desde la zona de las caballerizas y por la galería septentrional de troneras, atravesando dos puertas de hierro hoy desaparecidas. Todo el baluarte estaba rodeado por una cava o foso seco, con su correspondiente contraescarpa, y su línea posterior o gola se cerraba con una muralla baja que pudo formar parte de la antigua falsabraga nazarí que defendía la entrada primitiva a la Alcazaba.

En época contemporánea, el baluarte volvió a tener protagonismo militar. Durante la ocupación francesa, fue reforzado y modernizado para proteger la Real Chancillería, residencia temporal del rey José I Bonaparte y del general Sebastiani. Sobre su gruesa bóveda —de más de un metro de espesor y formada por una gran losa monolítica de cal, arena y mampuestos— los franceses construyeron una plataforma artillera moderna, visible en los planos militares conservados.

Precisamente por ello, antes de abandonar Granada en septiembre de 1812, las tropas napoleónicas volaron el baluarte, dejándolo en gran parte arruinado. Así lo describía Richard Ford en 1833: “los bastiones exteriores, debajo de la Alcazaba, fueron destruidos por los franceses, y ahora son una ruina cubierta de mala hierba”.

A pesar de su destrucción parcial, el Baluarte de la Mezquita siguió siendo un punto simbólico y estratégico. En 1809 se había erigido en su centro un enorme mástil con bandera, visible desde toda Granada. En 1810, con la llegada de José I, la bandera española fue sustituida por la francesa, y más tarde, en un intento de ganarse a la población, volvió a ondear la española.

Desde este enclave se controlaba visualmente un amplísimo territorio: desde las torres del Mauror, los barrios del Mauror, la Churra y la Almanzora, el corazón urbano en torno a la plaza del Hattabín, hasta la Alcazaba Cadima y parte de Axares. Fue, desde su origen, un lugar pensado para vigilar la ciudad y a sus habitantes, encarnando la nueva realidad política tras el final del reino nazarí.

Hoy, aunque olvidado y mal conservado, el Baluarte de la Mezquita sigue siendo un testimonio elocuente de cómo la Granada nazarí fue reinterpretada, fortificada y transformada por la artillería y el poder en los siglos posteriores, dejando huellas visibles —y otras casi borradas— en el paisaje de la Alhambra.

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