La Alhambra, la Roja

La Alhambra no fue originalmente roja ni blanca: su aspecto actual es fruto de siglos de adaptación al clima, al entorno y
a la intervención humana. Hoy se presenta como un
organismo vivo, integrado en la colina y cambiante
según la luz y el paso del tiempo

Hablar del reino nazarí es hablar, inevitablemente, de la Alhambra. No solo como conjunto palaciego o fortaleza, sino como símbolo, como idea cargada de siglos de historia, de lecturas románticas y también de malentendidos que, en los últimos tiempos, se han amplificado con sorprendente ligereza. Uno de los más insistentes gira en torno a su nombre más popular: la Roja. ¿Fue realmente roja la Alhambra? ¿O, como se afirma ahora con cierta vehemencia, fue blanca?

Tradicionalmente se ha dicho que la Alhambra era roja por el tono de la tierra con la que se levantaron sus muros, por los reflejos de las antorchas nocturnas sobre sus paredes o, incluso, por su fundador, Mohammed I, conocido como Alhamar, “el Rojo”, debido al color de su barba. Frente a estas interpretaciones, en los últimos años ha ganado terreno la idea de una Alhambra completamente encalada, blanca como el Generalife, una imagen tan llamativa como problemática.

Jesús Bermúdez, conservador del Patrimonio Histórico y Arqueológico de la Alhambra y el Generalife durante más de cuarenta años, aporta una reflexión especialmente valiosa. En su opinión, no debe sorprendernos que existan varias interpretaciones sobre el término al-Hamra. La cultura islámica medieval se caracteriza por la plurisignificación: los conceptos, los nombres y los objetos admiten múltiples sentidos, siempre que estos tengan una explicación razonable. En ese contexto, la ambigüedad no es un defecto, sino una riqueza.

Desde esta perspectiva, algunas explicaciones tradicionales se tambalean. La imagen de las antorchas tiñendo de rojo los muros pertenece más al ámbito literario y romántico que al de la documentación histórica rigurosa. Y la visión de una Alhambra completamente blanca, difundida recientemente en ciertos medios digitales, resulta aún más cuestionable. Bermúdez la rechaza de forma categórica, no solo por intuición, sino por evidencias materiales contrastadas.

Las investigaciones arqueológicas y las restauraciones
recientes han demostrado que, al menos en la primera arquitectura nazarí, existía una clara intención cromática

En el Partal, uno de los conjuntos más antiguos del siglo XIV, se ha documentado una decoración exterior con simulación de ladrillos pintados en rojo, con finas llagas blancas, sobre los que destacaba una gran banda epigráfica con textos coránicos que envolvía todo el edificio. Algo similar ocurrió en el Oratorio del Partal, cuya intervención —galardonada con el Premio Europa Nostra en 2019— permitió comprobar la existencia de un despiece simulado de sillares, igualmente pintados en rojo con juntas blancas. Esta manera de entender el color y la superficie enlaza directamente con la tradición almohade, heredada por los primeros nazaríes.

Ahora bien, esto no significa que toda la Alhambra tuviera un acabado uniforme ni, mucho menos, que pudiera definirse de forma simple como “roja”. Grandes torres y amplios tramos de muralla se construyeron con la técnica habitual del tapial, mezclando cal, áridos y tierra del lugar. En ocasiones, esa tierra procedía de vetas con alto contenido en óxido de hierro, lo que, al aflorar al exterior, ofrecía un tono rojizo entre el encostrado blanquecino de la cal. El resultado no era ni un rojo puro ni un blanco inmaculado, sino una gama de matices condicionada por los materiales, la luz y el paso del tiempo.

A esta complejidad material se suma otra cuestión fundamental: el nombre. Robert Pocklington, apoyándose en la opinión de Leopoldo Torres Balbás, señala que la Alhambra podría no haber recibido su nombre por el color de sus muros, sino por el topónimo del lugar donde se construyó, una colina llamada previamente al-Hamra. De ser así, estaríamos hablando de dos realidades distintas: por un lado, el nombre del enclave; por otro, el aspecto cromático real del conjunto palaciego.

Quizás haya llegado el momento de dejar de encasillarla en un solo color. La Alhambra no es roja ni blanca: es Alhambra. Un color propio, hecho de historia, de tierra, de cal, de luz y de tiempo. Un color que, como el reino nazarí que la vio nacer, se resiste a las simplificaciones y sigue invitándonos a mirar con más atención.

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