El atentado contra Fernando el Catolico en el Palacio Real

El 7 de diciembre de 1492, el rey Fernando
sufrió un atentado por el payés Joan de
Canyamás en la escalinata del palacio
real de Barcelona, secuela de la segunda
guerra remensa finalizada en 1485,
llegando a temerse por la vida del rey

1492 es el año que empezó con la conquista de Granada y la expedición de Colón que descubriría un nuevo continente, pero estuvo a punto de terminar trágicamente con la muerte del rey Fernando el Católico a manos de un campesino catalán.

Los Reyes Católicos habían llegado a Barcelona al termino de una gira por sus dominios en Castilla y Aragón, en la que fueron aclamados por el fin de la Guerra de Granada. En la ciudad catalana, entre otros asuntos, Fernando tenía intención de negocias con Carlos VIII de Francia la devolución del Rosellón y la Cerdeña, en poder de los franceses desde 1462. 

Durante su estancia en Barcelona, los reyes y sus hijos fijaron su residencia en un palacete que se encontraba en la parte baja de la ciudad, muy cerca de la muralla marítima, y anexo al Convento y Casa Madre de los Mercedarios. En cambio, para las audiencias y los despachos, se usaba el complejo del Antiguo Palacio Real Mayor, en pleno centro de la capital. Fernando pasó allí la mañana del viernes 7 de diciembre de 1492, atendiendo diversos negocios de gobierno, hasta que pasado el mediodía, se dispuso a abandonar las dependencias para almorzar. Acompañado por un reducido numero de hombres de su confianza, descendió por la escalinata del palacio y al poner el pie en el estribo de su caballería, sintió como alguien le daba un fuerte golpe por la espalda con una espada. De forma instintiva parte del séquito intentó protegerle y ponerle a salvo en el interior del palacio donde se pudo observar como de las heridas del monarca abundante sangre. El corte era profundo y había conseguido astillar la clavícula; la gruesa cadena que el rey llevaba al cuello, de la que colgaba el emblema del Toisón de Oro, desvió la hoja de su fatal trayectoria. Entre tanto, los guardias de Fernando, espada en mano, habían reducido al agresor, y lo habrían matado allí mismo si el rey no les hubiera ordenado mantenerlo con vida.

Tras el atentado, el desconcierto y el pánico se adueñaron de las calles de Barcelona. Inicialmente se difundió la noticia de que el monarca había fallecido; la misma reina Isabel temió que se trataba de una revuelta, por lo que se apresuró a tomar medidas para proteger la vida del príncipe Juan, el heredero. Ordenó a toda la familia que embarcara en unas galeras embarcadas en el puerto de Barcelona a pesar de que varios de sus consejeros le instaron a esperar la llegada de noticias más fiables. Pero en seguida, se presentó el Cardenal Mendosa, quien poco antes había estado junto a Fernando El Católico y había observado el estado de sus heridas. El rey se encontraba malherido, sí, pero su vida no corría peligro. Ante tales noticias, la reina anuló la orden de marcha y esperó a que las calles de Barcelona se serenasen para acudir junto a Fernando acompañada por su hijo, el príncipe Juan. Isabel estaba realmente asustada ante la posibilidad de que el rey muriese. El cronista Alonso de Santa Cruz cuenta que cuando la noticia del atentado llegó a oídos de la reina "(...) dando voces como loca, preguntaba llorando, a unos y a otros por el rey, su señor, y no pudiendo sufrir tanta fatiga, se fue acompañada de sus damas y con gente de la ciudad, y entró al palacio donde estaba el rey, dando voces y gritos, preguntando si el rey, su señor, era vivo"

Esta representación del atentado en el Dietari de l'Antich
Consell Barceloní, vol. III muestra como el rey se disponía
 a subirse a su cabalgadura cuando se acercó por su espalda
Juan de Cañamares armado con un terciado de unos tres
palmos de longitud, con el que le asestó un golpe vertical
de arriba abajo que pasando junto a la sien y la oreja
izquierdas cayó sobre la unión del cuello con el hombro,
 causando una herida de un jeme de longitud y cuatro
dedos de profundidad

 Como el estado del monarca aún era delicado, permaneció un tiempo en el palacio real, máxime cuando las heridas se infectaron pocos días después y le produjeron un agravamiento momentáneo. Sólo más tarde, cuando superó aquel episodio de fiebres, la familia real abandonó la ciudad y se instaló en el cercano monestir de Sant Jeroni de la Murtra (monasterio de San Jerónimo de la Murtra), donde Fernando continuaría su recuperación.

El autor del atentado se llamaba Joan de Canyamars (en las crónicas castellanas se le llama Juan de Cañamares). Tenía unos 60 años y era un campesino natural de Dosrius, una pequeña población cercana a Mataró, al norte de Barcelona. La Justicia quería saber si había actuado en solitario o si bien sólo era el ejecutor de un plan urdido por alguno de los muchos de los enemigos del monarca aragonés. Por ello, a pesar de que Canyamars fue herido durante su detención (los acompañantes más cercanos al rey, su trinchante o camarero Antonio Ferriol y su mozo de espuelas Alonso de Hoyos, se abalanzaron sobre el agresor, reduciéndole y apuñalándole tres veces con los cuchillos que llevaban al cinto con intención de matarle), fue sometido a tortura para esclarecer los hechos. Negó haber contado con cómplices y confesor haber actuado movido por una revelación del Espíritu Santo que le instaba a matar a Fernando para subir el mismo al trono e instaurar el bien común en el Principado de Cataluña. Las autoridades concluyeron que Canyamars era un loco, pero la realidad era algo más compleja. Fernando el Católico era una figura lejana para la mayoría de los catalanes; su última visita al territorio se remontaba a 1481 y desde entonces la situación económica y desequilibrios se habían agravado. Canyamars  pertenecía a un grupo social que se había visto particularmente perjudicado, los llamados Payeses de Remensa, campesinos que a lo largo del siglo XV habían luchado por la abolición de los malos usos que los mantenían sometidos a los señores feudales, entre ellos la obligación de pagar una redención o Remensa para abandonar libremente sus tierras. Durante la Guerra Civil (1462-1472), los Remensas habían apoyado a la monarquía frente a la nobleza catalana a la espera de conseguir la abolición de las cargas feudales una vez acabado el conflicto. Tras la guerra sus demandas fueron desoídas por lo que se rebelaron de nuevo. Finalmente el rey abolió los malos usos en la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) y liberó a estos campesinos, estableciendo la remensa en una cantidad fija y definitiva, marcando un hito en la historia social y agraria catalana, aunque muchos campesinos no pudieron hacer frente a la compensación que se les exigía para quedar libres. Canyamars había participado en la Guerra Civil en favor de la corona pero quedó defraudado por la falta de recompensa y su vida se volvió cada vez más precaria y atormentada. Tan sólo conocemos el testimonio que le arrancaron mediante la tortura, pero cabe pensar que Canyamars vio en su acción un acto de justicia social.

Convencido de que el regicida no era más que un loco, el rey Fernando pidió clemencia para él, pero el Consejo Real sentenció que se trataba de un acto de lesa majestad y traición, y condenó a Canyamars a la pena capital por descuartizamiento, un suplicio espantoso reservado a los delitos de máxima gravedad y que buscaba mostrar a la población lo que sucedía cuando se atentaba contra el poder real.

El 12 de diciembre, cinco días después del ataque, Joan de Canyamars fue sacado de la prisión real, muy cerca del palacio donde estaba Fernando recuperándose de sus heridas, y lo subieron a un carromato sobre el que se había construido una especie de tarima de la que sobresalía una columna de madera. Desnudo y atado a aquella estructura (como crucificado dice una fuente), el carromato emprendió un lóbrego recorrido por las calles de Barcelona, entre la algarabía de gente, sobre todo jóvenes, que corrían y saltaban a su alrededor, e insultaban al condenado. Según el relato de Pere Michel Carbonell, cronista de la ciudad y testigo de aquel espectáculo, la primera parada se hizo coincidir con el lugar donde se había producido el atentado: a los pies de la escalinata de la plaza del rey, el verdugo procedió a cortarle la mano y parte del brazo derecho, aquel con el que había empuñado el arma homicida. A continuación, el cortejo penitencial siguió la ruta utilizada para la procesión del Corpus, haciendo sucesivas paradas para ir mutilando al condenado ante la muchedumbre. En un lugar le sacaron un ojo, en el siguiente le cortaron la otra mano, más tarde el otro brazo, y así hasta llegar al Portal Nou, la puerta de la muralla más oriental de la ciudad. La columna de madera del carromato y las sogas que lo envolvían era lo único que mantenía erguido el cuerpo ya inerte de Canyamars. El acto final de aquel particular via crucis era la lapidación. La gente empezó a coger piedras de los márgenes del camino para lanzarlas contra el carro del reo. Un verdugo le abrió la cabeza para extraerle los sesos, y para espanto del cronista Andrés Vernaldez, le sacó el corazón a través de un orificio hecho en exprofeso en la espalda. Por último se prendió fuego a aquella estructura de madera y las cenizas de aquel pobre campesino, que había osado atentar contra el poder de Fernando II de Aragón, fueron esparcidas al viento.



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