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Detalle de la Torre de las Cabezas que hoy se yergue como testigo silencioso de ambas versiones de la historia: la legendaria, cargada de simbolismo y drama, y la histórica, que nos recuerda el carácter funcional que adoptaron muchos de los espacios del conjunto nazarí tras la conquista
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Ubicada entre la Puerta de los Siete Suelos y la Puerta de la Justicia, la conocida hoy como Torre de las Cabezas esconde tras su nombre una historia mucho más práctica y oscura. Según la investigadora Cristina Vives, durante el siglo XVI esta torre fue conocida originalmente como Torre de las Prisiones o de la Cárcel, debido a los usos que se le dieron en la etapa posterior a la conquista cristiana. Fue cárcel para moriscos y para náufragos turcos, y a partir del siglo XVII para marqueses y condes, aunque en zonas más altas y ventiladas, dejando de usarse como prisión a partir del siglo XIX.
Las obras de este baluarte siguieron un proceso muy parecido al del baluarte de la puerta de Siete Suelos o Bibalfarax, con largos periodos de interrupción. A finales del siglo XVI, en 1597, se le conocía como el Cubo de la torre de la Cárcel, nombre que podría estar relacionado con un posible uso como ampliación de la cárcel pública de la Alhambra, una vez que perdió su función militar.
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La Torre de la Prisión, también llamada del Olivo o de las Cabezas, funcionó como mazmorra desde los inicios de la Alhambra y, tras ser consolidada en el siglo XX, su azotea ha sido restaurada recientemente |
El acceso desde el interior de la fortaleza a este baluarte se realizaba pasando por el foso de la muralla nazarí, que lo protegía. Para llegar hasta él había una larga escalera, modificada después del año 1500, ya que en su construcción se usaron muchas maqabrillas procedentes del cercano cementerio de la Asabika.
La escalera desciende siguiendo la forma del terreno y conduce a una sala baja organizada en varios niveles. Sobre esta sala se apoya la plataforma superior gracias a pilares de ladrillo y a tres bóvedas de cañón rebajado, formadas por nueve arcos del mismo material. Esta estructura permitía colocar cañones en la parte superior.
Las bóvedas alcanzan casi 10 metros de altura desde la base del baluarte, creando un espacio interior amplio que facilitaba la salida de los gases producidos por los disparos a través de una abertura situada en el centro del techo de la sala.
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El baluarte cristiano que rodea la torre nazarí fue construido con posterioridad a la conquista
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Actualmente, el interior de la torre es macizo, para poder evitar posibles derrumbes tras las voladuras napoleónicas, pudiendo existir en su interior una sala de torturas para arrancar confesiones a los reos que ocupaban las mazmorras.
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De acuerdo con los estudios de Cristina Vives, las estancias subterráneas de la torre fueron adaptadas para albergar presos comunes, mientras que las plantas superiores se destinaron a vivienda, probablemente del personal encargado de la custodia de los reclusos o de algún responsable militar del recinto
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El baluarte tenía una gran capacidad defensiva, organizada en cinco niveles de tiro. Desde él se protegían los tramos de muralla comprendidos entre la puerta de la Justicia y la de Siete Suelos, así como las zonas cercanas hacia el sur. Al igual que el baluarte anterior, no contaba con troneras orientadas al frente en los pisos superiores, ya que estaba oculto bajo la contraescarpa. Por este motivo, su función principal no era frenar el avance directo del enemigo, sino defender el foso que lo rodeaba.
La línea defensiva más alta se situaba en el adarve que rodea la plataforma superior y servía para su protección. La segunda línea estaba formada por dos troneras ubicadas cerca de la muralla nazarí, en el primer tramo de la escalera, desde donde se defendía el lienzo occidental de la muralla.
La tercera línea se encontraba en la parte más baja de la plataforma abierta. Contaba con dos troneras orientadas al este y dos al oeste, que protegían los tramos cercanos de muralla, además de otras tres troneras situadas dentro de la escalera, a distintas alturas, todas orientadas hacia el oeste. En el lado oriental, que mira hacia el baluarte de Siete Suelos, la primera tronera se sitúa a 17 metros de la muralla nazarí. Esto sugiere que pudo existir una falsabraga que, desde la torre de Siete Suelos y paralela a la muralla, llegara hasta este baluarte por su lado oriental. Esta estructura parece apreciarse en un grabado del autor Jorge Hoefnagel.
La cuarta línea de tiro estaba formada por dos troneras, una orientada al este y otra al oeste, situadas a tres metros sobre el suelo de la sala baja. La quinta y última línea se encontraba casi al nivel del suelo del foso del baluarte y estaba compuesta por una tronera orientada al este, otra al oeste y tres dirigidas hacia el frente sur.
En total, el baluarte contaba con dieciséis troneras. De ellas, nueve estaban orientadas hacia el oeste, lo que indica que la defensa principal se centraba en la zona de la puerta de la Justicia.
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Este uso como prisión contrasta con la leyenda popular que le da su nombre actual, una historia que habla de traición, venganza y justicia poética ocurrida siglos antes, en tiempos de dominio musulmán |
Francisco de Paula Villa-Real y Valdivia (1848-1908), catedrático de Filosofía y Letras, fue autor de numerosos libros sobre filosofía, literatura e historia, y dirigió la Real Sociedad de Amigos del País. Recogió, entre otras, la leyenda sobre la Torre de las Cabezas de la Alhambra.
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La Torre de las Cabezas, ubicada entre la Puerta de los Siete Suelos y la de la Justicia en la Alhambra, guarda una leyenda poco conocida |
Allá por el año 1497, en una aldea polvorienta del alto Egipto, vivía Jusef Ben Tarif junto a su esposa Sara y su pequeño hijo, también llamado Jusef. Llevaban una vida sencilla, colmada de amor y trabajo, hasta que el gobernador de la provincia, Eben Galib, se encaprichó de Sara. Su belleza serena lo enloquecía, y ante la negativa de la joven a sus insinuaciones, ideó un plan cruel para convertirla en su esclava. Desesperada y sin escapatoria, Sara decidió quitarse la vida antes que vivir bajo su yugo. Jusef Ben Tarif, enloquecido por el dolor, intentó vengar a su esposa, pero encontró la muerte bajo la espada del mismísimo gobernador.
El pequeño Jusef quedó huérfano, criado por conocidos que le alimentaron más con historias de venganza que con pan. Cuando alcanzó la edad suficiente, solo un deseo lo guiaba: vengar la muerte de sus padres. Buscó entonces a un mago en las orillas del Nilo. Este, sabiendo lo que buscaba, le entregó un puñal forjado con las espinas de un pez mágico, advertido por un hechizo.
—Eben Galib ya no está en Egipto —le dijo—. Vive oculto en Granada, en lo alto de una torre de la Alhambra. Ve allí, pero recuerda: solo tienes seis noches. Debes matarlo antes de la medianoche de la sexta.
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Según la leyenda, Eben Galib vivía oculto en lo alto de una torre de la Alhambra, en Granada |
Jusef viajó hasta la ciudad andaluza, y el destino se cruzó con sus planes. Conoció a María de Padilla, amante de Galib, y a su hermana Elvira, quien pronto simpatizó con él y le ofreció su ayuda.
Pero el camino de la venganza no es recto. La primera noche, Jusef no encontró la ocasión. En la segunda, fue descubierto por los guardias. La tercera noche, en medio de su plan con Elvira, ambos cayeron en la tentación del amor, perdiendo la noción del tiempo. Las dos noches siguientes pasaron sin éxito.
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Reparación y consolidación de la Torre de las Cabezas, documentada en una colección fotográfica del Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife |
Finalmente, en la sexta y última noche, Jusef entró en la torre sin temor. En el dormitorio de Eben Galib, se encontró con una escena dantesca: muros cubiertos con recuerdos de sus víctimas, y entre ellos, los retratos y cráneos de sus padres. El odio lo consumió. Sin dudarlo, hundió el puñal encantado en el corazón del gobernador.
En ese instante, los cráneos de sus padres cayeron al suelo. Y como por arte de magia, en el exterior de la torre aparecieron esculpidos sus rostros, como un tributo eterno. Desde aquel día, la torre fue conocida como la Torre de las Cabezas, y la leyenda aún resuena en los muros de la Alhambra.
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Sin embargo, más allá del mito, el edificio tuvo una función muy real y concreta en la reorganización del espacio palaciego tras la incorporación de la Alhambra al sistema administrativo de la monarquía hispánica |
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